martes, 1 de marzo de 2016

Contra los elementos en los Catlins

Si la noche anterior tuvimos la caravana enterrada en el barro durante cerca de una hora, este día pondríamos a prueba la capacidad de su tanque de gasolina y su aerodinámica. Continuábamos la ruta por la Isla Sur atravesando la costa más meridional del país en dirección a la región de Fiordland (tierra de fiordos), donde nos reencontraríamos de nuevo con uno de los imprescindibles de Nueva Zelanda: el Milford Sound.

DÍA 18 DE OCTUBRE: DE LOS CATLINS AL LAGO MONOWAI


Nos despertábamos en la playa de Jack’s Bay, donde bien temprano pudimos ver muy a lo lejos un pingüino caminar en la arena con dirección al mar. El día anterior habíamos intentado (vagamente) volver a verlos en el mismo lugar que los vimos en abril (una bahía en la subida al Nuggets Point) aunque sin suerte. Este día lo reservábamos a visitar los Catlins, un gran desconocido de Nueva Zelanda que suele quedarse fuera de muchas rutas de viajeros por el país. Lo haríamos eso sí muy de pasada, ya que el tiempo en esta región suele ser muy inestable y el viento y la lluvia son acompañantes habituales. Como ya habíamos estado unos meses antes descartamos las cascadas Makai y Purakanui, el Slope Point (el punto más al sur de la Isla Sur) y la famosa señal de Bluff. 

Nuestra primera parada iba a ser la playa de Curio Bay. Allí es fácil poder nadar con delfines en la playa, aunque sólo si vas preparado para sumergirte en el agua helada y no era nuestro caso. Por eso fuimos directamente a la otra gran atracción de esta zona, el bosque petrificado. Como explicamos en un post anterior, en esta playa se pueden ver los restos fósiles de un antiguo bosque de millones de años de antigüedad cuando la marea lo permite. A primera vista parece una ensenada con rocas, una más en Nueva Zelanda, pero cuando te acercas y ves con detalle aprecias los restos de árboles. Resulta impresionante pensar que ese lugar hace millones de años era un bosque como los que puedes ver a lo largo de todo el país.


Imágenes del bosque petrificado en Curio Bay
Curio Bay es también famosa por ser zona de avistamiento de pingüinos, pero no a la hora en que estuvimos allí y ninguna de estas pequeñas aves tuvo el detalle de cambiar su hábito para visitarnos, así que continuamos camino en dirección a la gran ciudad de los Catlins, Invercargill. Lo que no teníamos muy claro es si llegaríamos o no. El día se había presentado nublado y con muchísimo viento (lo más característico de esta zona del país, que se puede apreciar en las formas que hacen los árboles cerca de la costa). El depósito de gasolina se había llenado el día anterior, pero la ausencia de gasolineras y la acción del viento habían hecho que nos acercáramos peligrosamente a ese punto fatídico en el marcador del coche. 

Acordamos conducir directamente hasta una de estas gasolineras que encuentras en algunas zonas de Nueva Zelanda, regida por una sola persona y sin pertenecer a ninguna de las grandes marcas (BP, Caltex, Mobil o Z), pero ese día estaba cerrada. La otra opción era otra pequeña gasolinera algo más adelante y que según la aplicación Campermate también cerraba ese día. Era eso o tratar de llegar a Invercargill, lo cual era técnicamente imposible. Por el camino tuvimos que parar a un lado de la carretera porque una tromba de agua impulsada por fuertes rachas de viento golpeaba la caravana y casi nos sacaba de la calzada. Cuando el viento nos permitió reanudar la marcha encontramos abierta la gasolinera cuando llevábamos ya varios minutos en la reserva. Un golpe de suerte sin duda, sobre todo porque sólo se podía pagar con dinero en efectivo y no solemos llevar nada encima, pero sí ese día. Reanudamos la marcha entre las verdes praderas, los acantilados y los pastos de vacas y ovejas tan característicos de los Catlins y con una Ana más tranquila. En eso no salió a su padre y se pone muy nerviosa cuando se enciende la luz de la reserva.

Las vacas se nos quedaban mirando
Llegamos a Invercargill, llenamos el depósito e hicimos lo mismo que la otra vez: tomar una ducha. Junto a la biblioteca de la ciudad están los baños públicos con duchas por 1 NZD por persona (se puede compartir, aunque se paga por persona), las mejores duchas relación calidad-precio en esta zona del país. Comimos en el Domino´s que está cerca de los baños y el café lo dejamos para el McDonald’s (el que se supone está más al sur del mundo), esperamos a que parara de llover y seguimos la ruta. La idea era parar en las cuevas de Clifden Limestone, pero una vez allí vimos que eran muy estrechas y la lluvia las había inundado bastante, así que decidimos no seguir más adelante. Había que buscar un sitio para dormir cerca de Te Anau, donde empieza la carretera que lleva hasta el Milford Sound.

El lago Monowai está más al sur de Te Anau y a la orilla del lago hay una zona de acampada gratuita  donde además se inicia una pequeña ruta de senderismo a través del bosque con vistas al lago. Decidimos ir allí y aprovechar antes del anochecer para caminar un poco después de muchas horas de conducción. Para llegar hasta la zona de acampada hay que atravesar una carretera sin asfaltar durante unos veinte minuto más o menos. Al día siguiente tocaba más carretera hasta el Milford, aunque esta vez no haríamos en viaje en barco. Pero veríamos algunas de las estampas más bonitas que hemos visto en Nueva Zelanda.

Vistas del lago Monowai al final de la ruta de senderismo

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