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30 may. 2016

El lugar al que prometimos volver

Como si estuviéramos tomando algún tipo de impulso para un gran salto, nuestro primer día en la isla de Kauai había sido uno de los más tranquilos del viaje. Pero lo que estaba por venir iba a ser el colofón perfecto para estos diez días en Hawái, a falta de lo que visitaríamos en Oahu. Como resumen un dato: nunca antes habíamos disfrutado tanto de algo como de aquel vuelo en helicóptero por Kauai.

DÍA 25 DE ABRIL: KAUAI


Para que nos entendáis: todo en Hawái es espectacular. Pero sin duda alguna dentro de cada destino hay un punto que puede destacar por encima de los demás. Para nosotros ese lugar fue la isla de Kauai, donde dividimos nuestro segundo día en tres partes, cada uno de ellos especial por algo distinto al anterior. 

Para comenzar a explicar la belleza de Kauai basta con enumerar algunas películas rodadas en la isla. Parque Jurásico y su última secuela, Jurassic World, En busca del arca perdida, Los descendientes, Hook e incluso Lilo & Sticht, entre otras muchas. Es fácil imaginar, por tanto, qué tipo de paisajes se pueden encontrar en Kauai. Y en este día teníamos pensado descubrirlo casi todo.

Nuestra idea la noche anterior era dormir lo más cerca posible del camino al cañón de Waimea. Después de que el ranger nos despertara para comprobar que habíamos pagado la noche de camping (el día anterior nos escribieron mal la fecha), condujimos hasta el pueblo de Waimea y ahí tomamos la carretera que te adentra en el cañón. Era bastante temprano y por suerte la carretera estaba libre de turistas. Nos habían aconsejado que la mejor hora para ver el cañón y la costa de Napali era esta (empezamos a las 7) y desde luego bien que lo agradecimos. En un principio la carretera simplemente se dedica a subir y girar las decenas de curvas, pero poco a poco van apareciendo los miradores para disfrutar de las vistas del cañón. Mezclando el rojo de la tierra y el verde de la vegetación, los altos acantilados sobre el río Waimea dibujan un paisaje que parece sacado de otros puntos del planeta. Existen numerosas rutas de senderismo para poder disfrutar de otras vistas del cañón, que bien merece la fama que recibe, y también de la pequeña isla de Niihau. Habíamos llegado tan temprano que los pocos puestos de ventas de refrescos y souvenirs en los miradores aún no estaban montados.



Distintas imágenes del cañón de Waimea
Continuamos la carretera parando en cada uno de los miradores donde observar el cañón desde ángulos distintos. La vegetación envolvía un camino que muere en las vistas sobre la costa de Napali, la gran atracción de la isla. Paramos en el centro de información del Parque Estatal, pero la mujer que justo en ese momento abría las puertas del recinto (eran las 8 de la mañana) nos aconsejó que siguiéramos el camino para aprovechar lo que ya nos habían dicho antes, que aquella era la mejor hora para ver la costa, así que seguimos hacia delante.

La carretera llega hasta el mirador de Kalalau, junto al río Kalalau, los acantilados de Kalalau y la playa de Kalalau. Por ahí pasa la ruta de, cómo no, Kalalau, de unos 17 kilómetros y una de las más conocidas del mundo. Y un poco más adelante las vistas desde el mirador de Puu O Kila. Las vistas desde los miradores son simplemente impresionantes. Por suerte y gracias a seguir los consejos que nos habían dado, pudimos ver los acantilados de la costa de Napali limpios de nubes. Las montañas, trazadas como si hubieran sido rasgadas por enormes garras, morían casi en un océano de aguas limpias y cristalinas. Poco a poco, como si desde algún punto de la montaña alguien pusiera en funcionamiento una máquina de nubes, una espesa capa blanca empezó a ocuparlo todo, dejando apenas unos segundos de visión de la costa. Todos los visitantes que llegaron tras nosotros alucinaban cuando uno de esos claros dejaba ver aquella maravilla natural. Nosotros habíamos podido verlo en su totalidad.


Los acantilados de Kalalau (arriba) y Ana paseando con la fábrica de nubes al fondo.
Aún tuvimos tiempo de andar por los senderos situados junto al aparcamiento para disfrutar de otras vistas de los acantilados. Hablamos con una mujer, hija de habitantes de Kauai, que nos dijo que habíamos sido unos afortunados por lo que habíamos visto. Y tanto que lo fuimos, no nos cabe la menor duda. Poco después nos volvimos al coche y seguimos con el plan de la ruta. Como os contamos en el anterior post habíamos reservado para este día un vuelo en helicóptero por la isla con la compañía Blue Hawaian Helicopter (249$ por persona durante una hora). Teníamos que llegar unos 45 minutos antes del vuelo para recibir una charla de seguridad y llegamos algo antes para usar el wifi. Conocimos a los que serían nuestros tres compañeros de vuelo (una pareja de neoyorquinos y un señor octagenario de Colorado, al que esperaba su mujer en tierra, suponemos que sin suficiente valor para volar con él), nos explicaron el protocolo de seguridad y nos asignaron nuestros asientos. Por suerte iríamos en la parte delantera del helicóptero. Todo el vuelo, como es lógico, es mejor mostrarlo en imágenes, tanto en video (si puedes, ¡ponlo en HD!) como en fotografías.



Las "Jurassic Falls" y dos escenas del cañón de Waimea desde el aire.

Una vez aterrizamos nuestra primera impresión era que aquello que habíamos visto no podía ser real. Ana ironizó con que nos habían subido a un simulador y lo que habíamos visto era fruto de los efectos especiales. No salíamos de nuestro asombro. Montañas, cascadas, playas, acantilados… El vuelo iba comentado en todo momento por el piloto y en nuestros auriculares podíamos oír sus explicaciones y música (el momento en el que nos acercábamos a la catarata Wanamaiopuna, las Jurassic Falls, con el tema principal de la película fue especialmente emocionante). Sabíamos que había sido caro y que otras compañías son más baratas, pero en el momento que despegamos nos olvidamos del precio y sólo disfrutamos de lo que estábamos viendo. Nuestra experiencia viajera, sin ser enorme pero lo suficientemente amplia como para poder opinar, no nos ha brindado un momento igual.




Distintas vistas de la costa de Napali desde el helicóptero.
Aún con la excitación nos fuimos a comer algo y a no dejar de comentar el vuelo. A la mañana siguiente tomábamos el avión a Honolulu y decidimos dormir en el Parque de Anini Beach, en la costa norte. Desde Lihue a este punto se encuentra la zona más turística de la isla, más resguardada de las lluvias. Se encadenan los pueblos con hoteles, resorts, restaurantes y playas. Paramos en el faro de Kilauea, zona de avistamiento de aves, y seguimos conduciendo hasta la playa donde dormimos. Habíamos tratado de pagar, sin éxito, la acampada para aquel día en la oficina del condado, así que lo debíamos de hacer en la propia playa. Encontramos a la ranger, que nos cobró los 5$ por persona, aparcamos el coche y buscamos un lugar donde poner nuestra tienda. La zona es un amplio césped cubierto de árboles y una pequeña y tranquila playa. Habían bastantes tiendas, la mayoría localizadas lo más cerca posible de la orilla del mar, así que buscamos un hueco y plantamos nuestra destartalada tienda.


El anochecer en la playa de Anini.
Nos quitamos los zapatos y los fundimos con la arena de la playa y el mar. Caminamos, observamos a nuestros vecinos de tienda y nos sentamos a ver el anochecer en el horizonte de Kauai. Era el momento de realizar dos difíciles ejercicios mentales: el primero, procesar toda la belleza que nuestros ojos habían captado ese día; el segundo, el más difícil, era asimilar que nuestros días en Hawái estaban tocando a su fin. Al día siguiente volaríamos a Oahu, la más poblada y saturada de las islas de Hawái. Pero en aquella playa, cuando no quedaba más luz que un fino rayo de sol ni más sonido que las olas del mar, nos prometimos que volveríamos a Kauai.

Recuerda que puedes ver todas nuestras fotos de la isla de Kauai en nuestra página de Flickr y todo nuestro viaje de Hawái en este enlace.

26 may. 2016

Kauai, día uno antes del helicóptero

La isla de Kauai. La más occidental de todas las islas, la más alejada y la que más nos iba a marcar. La “isla jardín”, como la llaman, nos iba a deparar el que podemos afirmar como el momento más impresionante de nuestras vidas. Eso ocurriría en nuestro segundo día, pero en el primero comenzó a gestarse todo. Tras nuestro romance con el fuego y el agua de Hawái, tocaba visitar uno de los puntos del planeta donde más llueve.

DÍA 24 DE ABRIL: KAUAI


El vuelo desde la isla de Hawái a Kauai no es directo y eso nos suponía hacer una escala en Maui. De ahí que nuestro primer día fuera con algo más de retraso de lo que había sido la tónica habitual durante el viaje. Aún así nuestro plan para ese día era bastante simple: conduciríamos hasta el comienzo de la carretera que atraviesa el cañón de Waimea, principal visita de la isla. Además, nos tocaba organizar una actividad muy especial: íbamos a sobrevolar en helicóptero Kauai. Recogimos varios folletos informativos de las distintas ofertas (helicóptero o avioneta, vuelos de 45 minutos o una hora, etc.), nos fuimos a un McDonald’s a comer y hablar con la familia y de ahí a preguntar en persona a las agencias.

Las diferentes opciones que manejamos para el vuelo del día siguiente.
Las empresas que realizan vuelos sobre Kauai están localizadas en su mayor parte junto al aeropuerto de Lihue. Hasta ahí fuimos con la intención, en primer lugar, de comparar si queríamos avioneta o helicóptero. La familia de Ana quería regalarle algo inolvidable por su cumpleaños y habían ojeado en las webs el viaje en avioneta, pero nosotros no teníamos claro si queríamos eso o un helicóptero. En las empresas de avionetas nos presentaban sus ventajas: te aseguras buenas vistas porque todos tienen ventanilla y es una opción más económica. En Nueva Zelanda ya habíamos probado el vuelo en avioneta sobre el Doubtful Sound y fue una experiencia que nos gustó mucho, pero también sabíamos que los helicópteros tienen más posibilidades de acercarse a los acantilados o atravesar un cañón.

Después de comparar dos empresas de avionetas nos fuimos a por los helicópteros. La primera que visitamos tenía como sede una pequeña caseta de madera. La mujer que nos atendió no nos vendió bien el producto. Parecía que no le interesara mucho ganar aquellos dólares y nos fuimos a la segunda opción. De momento, era más cara que la anterior, pero es aquí donde interviene el factor atención al público y el factor servicios. El edificio era amplio, con venta de souvenirs, un gran mostrador donde te reciben con una sonrisa y wifi. Touché. La chica que nos informó era de origen filipino y su abuela era española, madrileña, y a todas sus hijas y nietas les había puesto de segundo nombre Madrid. Strike dos. Los helicópteros en los que volaríamos eran un modelo moderno con amplios ventanales donde casi te aseguraban poder verlo todo. Hat-trick. Y para terminar de cerrar la goleada una pareja que acababa de bajar del helicóptero y a la que preguntamos si merecía la pena nos dijo un sí con tal efusividad que no nos hizo pensárnoslo más. Al día siguiente, a las 13:45, volaríamos sobre Kauai con la compañía Blue Helicopters y pagaríamos 249$ por persona, lo cual supone una patada en la entrepierna al apellido de nuestro blog, pero para eso habíamos estado trabajando a bajo cero en el invierno neozelandés.

Después de cerrar la reserva nos dispusimos a visitar la costa sur de la isla. La carretera discurre en su inicio por un valle que deja a un lado la playa de Poipu y te lleva más tarde junto al mar, atravesando pequeños pueblos hasta llegar a Waimea. Es ahí donde comienza la carretera por la que atravesar el cañón del mismo nombre y tener las impresionantes vistas de la costa de Napali. Pero eso lo contaremos en el siguiente post. Este día nos dedicamos a conducir y tener vistas de las playas. Paramos en los restos de un fuerte ruso (Fort Elisabeth), que no nos quitó el sueño, y llegamos hasta  Kekaha, una gran playa donde soplaba mucho viento y las nubes y la lluvia se iban acercando poco a poco. Aún teníamos que buscar el lugar donde dormir, así que nos retiramos.

La lluvia en la playa de Kekaha, ¿iba o venía?
Nuestra primera opción para acampar aquel día era la playa de Lucy Wright, la más cercana al inicio de la carretera para el cañón. Al igual que nos pasara en Maui unos días antes, el lugar no nos dio buena impresión. Estaba muy cerca del pueblo y había gente que no nos generaba confianza, así que seguimos hasta el Parque de la playa de Salt Bond. Mucho más amplio y junto a una pequeña cala bastante concurrida, a aquella hora de la tarde ya eran varias las tiendas allí acampadas. A eso le uníamos un ambiente muy variopinto que, pese a que no lo convertían en un remanso de paz, sí que nos pareció interesante.

En las playas hawaianas es habitual encontrar muchas mesas de picnic y barbacoas para uso libre. Estas zonas se pueden reservar para organizar fiestas, como la que aquel día había en aquella playa. Decenas de hawaianos celebraban el primer cumpleaños de una niña y allí andaban, con sus carnes a la brasa, sus cervezas, sus globos y su música. Junto a ellos dos parejas de ancianos leyendo un libro como si todo aquel alboroto no fuera con ellos. En el aparcamiento un coche con las banderas hawaianas, la oficial y la nativa, y un cartel que rezaba que Hawái “no es americana y nunca lo será”. En la arena parejas, familias, unos niños que intentaban pescar y junto a ellos un mar tranquilo y cristalino.

Independentistas hawaianos dejándose ver.
Estuvimos unos minutos tumbados en la arena y nos fuimos a montar la tienda, que rompió una de las varillas y rajó algo la tela. No pasaría nada si no fuera porque, sin agujeros, ya se nos había calado en el Parque Nacional de los Volcanes y a lo lejos se vislumbraba una manta de agua que tuvo a Ana toda la tarde atenta. Era imposible saber si venía, si se alejaba, si llovería aquella noche o no. Al haber llegado un domingo no habíamos podido ir a la oficina del Condado de Kauai a pagar el permiso (3$ por persona y noche), pero en un email anterior nos avisaron que un guardia pasaría por la noche a cobrarnos, aumentando algo el precio hasta los 5$, como así fue. Vigilamos qué tipo de gente acampaba: dos chicas que llegaron y nos preguntaron cómo lograr el permiso, un matrimonio bastante mayor, una caseta que nunca supimos de quién era, una pareja joven de turistas que estaban a unos cinco metros de la fiesta de cumpleaños, etc. En eso nos gustaba dedicar los minutos: veíamos a la gente, imaginábamos conversaciones o tratábamos de poner cara a nuestros vecinos de tiendas. Nuestra escena favorita la protagonizó un matrimonio sentado viendo el anochecer. Él sopló las velas por su 60 cumpleaños, con un collar de flores al cuello, y permanecieron sentados hasta que la noche lo envolvió todo. La música de la fiesta seguía pero a ellos no pareció importarles. Irradiaban tranquilidad y felicidad. Eso era Hawái. Nada de hoteles de lujo ni cócteles en las manos. Sólo un par de sillas de playa, un pequeño pastel de algún supermercado y un anochecer. Nosotros, a unos metros, cenábamos un sándwich y nos íbamos a la tienda a jugar a las cartas. Así era nuestro Hawái.


Viendo pasar el tiempo y observando a la gente que nos rodeaba (a la izquierda, el matrimonio).
Al día siguiente nos tocaría volar en helicóptero sobre la isla, pero antes visitaríamos el cañón de Waimea y la costa de Napali. Nos íbamos a dormir aún con la música de aquella fiesta de cumpleaños, que poco a poco se iría apagando y llegaría el silencio absoluto que te brinda el poder dormir en una playa hawaiana.

Recuerda que puedes ver todas nuestras fotos de la isla de Kauai en nuestra página de Flickr y todo nuestro viaje de Hawái en este enlace

23 may. 2016

Hawái, isla de fuego y agua

La isla de Hawái, la Big Island, nos había dejado una escena donde el fuego se había alzado como el gran protagonista. Sin embargo para nuestro segundo día en la mayor isla del archipiélago el agua se tornaría como el elemento central de nuestra ruta por su costa este. Enormes caídas de agua, la costa del Pacífico y bastante lluvia como contraste al volcán ardiente del día anterior. Porque en Hawái, por si alguien no lo sabía, suele llover y mucho.

DÍA 23 DE ABRIL: HAWÁI


Entre bromas nos habíamos ido a dormir en la zona de acampada del Parque Nacional de los Volcanes pensando en una erupción del cráter que habíamos visitado esa misma noche. Pero la realidad es que nos despertamos pasados por agua después de que una lluvia fina cayera toda la noche sin descanso sobre nuestra caseta, que no estaba diseñada para esas condiciones. Algo nos decía que ese día el agua sería nuestro compañero de ruta.

Condujimos en dirección a Hilo, la principal ciudad de la costa este de la isla, para acudir en primer lugar a las Akaka Falls, unas cascadas localizadas apenas a unos 20 kilómetros al norte de la ciudad. La entrada a la ruta (de unos 45 minutos) cuesta 1$ por persona o 5$ por vehículo si aparcas dentro del aparcamiento oficial (los hay que aparcan fuera y caminan hasta la entrada). A partir de ahí una ruta circular te lleva a dos miradores, uno para ver la catarata de Kahuna y otro para la de Akaka. Si comienzas la ruta por el camino de la derecha empezarás en la Kahuna, más pequeña y que se ve de lejos, y acabarás en la de Akaka, de unos 140 metros de altura. Todo el recorrido te lleva a través de puro bosque tropical y las vistas sobre las Akaka Falls son el colofón perfecto. El agua cae con fuerza desde una altura bastante considerable en un entorno verde intenso. Y lo más increíble es pensar en los Oopu Alamoo, un tipo de pez endémico de Hawái que escala (sí, escala, como lees) la catarata para desovar. Héroes anónimos de la naturaleza.


Arriba, Alejandro un poco empapado con las Kahuna Falls de fondo. Abajo, la Akaka Falls.
A todo esto no había parado de llover y pese a llevar los ponchos habíamos cogido una buena mojada, por lo que paramos en el histórico pueblo de Honomu a tomar un café y un dulce junto a sus bonitos edificios al estilo colonial. Continuamos conduciendo en dirección norte y disfrutamos una vez más del agua en varias de sus vertientes. A la derecha la inmensidad del Pacífico nos acompañaba a corta distancia, pero a nuestra izquierda atravesábamos diferentes ríos y arroyos que sobrepasábamos gracias los numerosos puentes de la ruta. En casi cada uno de ellos disfrutábamos de las vistas de un valle plagado de vegetación tropical y alguna cascada. 

Nuestro siguiente destino sería el mirador sobre el valle de Waipio. Allí donde muere la carretera se encuentra este enclave histórico para la población nativa, el valle del río Waipio, encajado entre acantilados. Desde el mirador, situado en alto desde la orilla este de la desembocadura, sólo se puede ver parte del valle y sobre todo los acantilados de la orilla oeste. Pero existe la posibilidad de bajar al pueblo de Waipio, caminando o en coche 4x4, para realizar un camino bastante empinado de unas dos horas ida y vuelta para ver el valle desde abajo. Nosotros preferimos continuar nuestro camino hacia el interior de la isla, a ver si así nos alejábamos algo del agua.

El mirador sobre el valle de Waipio
Para bajar de nuevo hasta Hilo decidimos, con el consejo de un local que nos informó sobre el valle, hacerlo por el interior y abandonar la costa. Sabíamos que sólo visitaríamos la zona de la isla más cercana a Hilo, dejando la parte de Kona (la otra gran ciudad, donde durante semanas antes habían sido detectados casos de dengue) y la zona norte para otra ocasión. Pero queríamos ver de cerca el volcán Mauna Kea, el más alto del país, y que pasa por ser la montaña más alta del mundo. ¿Pero no era el Everest? Todo tiene su explicación.

El Mauna Kea tiene exactamente 4.207 metros de altitud desde el nivel del mar, que son muchos menos que los picos del Himalaya o los Andes. La única diferencia con ellos es que el Mauna Kea no nace desde un continente, sino que al ser un volcán lo hace directamente desde el fondo marino, que está a 6.000 metros bajo el nivel del mar, lo que hace que este volcán, cuya cima suele estar cubierta de nieve, tenga una altura total de más de 10.000 metros, el más alto del mundo. A veces no está mal leer los carteles informativos mientras alguno está en el baño. Después de aprender esto condujimos alrededor del volcán, bordeándolo primero de este a oeste por su vertiente norte y después de oeste a este por la sur. Por el camino el paisaje cambió hasta convertirse en un desierto absoluto, aunque a veces el agua no nos abandonaba y caían algunas gotas de lluvia. Otras veces atravesamos un enorme paisaje de lava solidificada. Decidimos no subir a la cima porque, como no podía ser menos, llovía a mares.

La lava solidificada y las densas nubes que nos acompañaban 
Estábamos llegando a Hilo para dormir en el camping que habíamos reservado esa misma mañana cuando tomamos la decisión de seguir viendo agua. Por eso fuimos hasta la Rainbow Falls, la catarata Arcoíris, a las afueras de la ciudad. El principal atractivo de esta cascada es que en días soleados se puede ver un pequeño arcoíris formado en la cavidad trasera a la caída de agua. El salto, de poca altitud y mucho caudal, no nos regaló los colores que le han dado nombre, pero sí pudimos disfrutar de un rincón que nos pareció de lo más espectacular que vimos en Hawái. Junto a la cascada, saliendo unos metros del camino marcado, aparece un claro bajo varios ficus bengalíes, una especie bastante común en el archipiélago, pero que hasta ese momento no habíamos visto en esa dimensión. Aquellos árboles eran enormes, de decenas de metros de alturas, y de sus ramas bajan otras más pequeñas hasta el suelo, enterrándose bajo la tierra. 


Arriba, las cataratas Arcoíris, sin arcoíris. Abajo, los ficus bengalíes, con cientos de ramas cruzadas.
Allí pasamos un buen rato disfrutando del lugar, pensando en que lo mejor de la catarata Arcoíris no era ni la catarata ni lo era el arcoíris. Antes de volver a Hilo subimos hasta las Peepee Falls, en el mismo río Wailuku, donde en días de mucho caudal sus aguas burbujean, como si estuvieran hirviendo, y de ahí su nombre, las Boiling Pots (ollas hirviendo). No nos bastaba con agua en tantas formas que ahora la queríamos hirviendo. Pero al igual que con el arcoíris no hubo forma. Pese a todo la visita merece la pena. Ahora sí, tocaba ir a Hilo a montar la tienda y dormir.

Las Peepee Falls, o Boiling Pots (Ollas hirviendo).
Llegamos al camping con tiempo para que la tienda pudiera secarse de la noche anterior, pero si pensabais que el agua no volvería a aparecer en escena en este capítulo estabais muy equivocados. Cuando estábamos empezando con la ingeniería de la tienda cayó una tromba de agua de casi una hora que nos obligó a ponernos bajo techo y plantearnos si dormir o no al aire libre aquel día. Después de pensarlo bien y considerar que dormir en una cama no era mala idea, pagamos una habitación en el propio camping y alejarnos por unas horas del agua. Así también podríamos volver a tomar una ducha de agua caliente cinco días después, que aunque estemos en Hawái también se agradece.

Se nos acababa nuestra esta estancia en la Big Island y a la mañana siguiente volaríamos hasta el extremo occidental del archipiélago, a la isla de Kauai, el punto del planeta donde más llueve. No sabíamos si el agua nos seguiría acompañando al día siguiente en otra isla, pero sí que estábamos a punto de descubrir nuestro lugar favorito de todo Hawái.

Recuerda que puedes ver todas nuestras fotos de la isla de Hawái en nuestra página de Flickr y todo nuestro viaje de Hawái en este enlace

18 may. 2016

Durmiendo sobre un volcán activo

Casi sin habernos dado cuenta estábamos llegando al ecuador de nuestro viaje a Hawái y aún teníamos la sensación de que nos faltaba muchísimo por descubrir. Después de dejar Maui habiendo caminado entre bambúes nos dirigíamos a la isla de Hawái, la mayor de todo el archipiélago. Sólo con una idea en mente: que aquel volcán no entrara en erupción.

DÍA 22 DE ABRIL: HAWÁI


Pasamos la noche casi en vela en el aeropuerto, pero pese a eso aterrizamos en el aeropuerto de Hilo con la idea de salir pitando de allí para tratar de cumplir con la ruta que para ese día teníamos trazada. El problema es que cuando pasas la noche casi sin dormir y para buscar wifi te vas a un McDonald’s, pues acabas comiendo, teniendo sobremesa y se te alarga todo un poco más. Incluso así seguíamos teniendo tiempo para hacer la mayor parte del recorrido que teníamos planeado.

La idea inicial era conducir hasta el extremo más meridional de la isla de Hawái, conocida aquí como la Big Island (la Gran Isla) y que da nombre al resto del archipiélago y del Estado. Allí se encuentra una curiosa isla de arena verde, pero una vez analizamos el recorrido (hay que hacer una ruta caminando de dos horas ida y vuelta, más el trayecto de dos horas en coche desde Hilo) e imágenes de la playa en cuestión, decidimos parar antes y recortar las horas de carretera. Así pues nuestra primera parada era un punto en el que mezclábamos una playa de arena negra y la posibilidad de ver tortugas marinas. Desde que la carretera abandona Hilo se va notando el paulatino descenso de la vegetación en favor de un paisaje desértico. No en vano estábamos poco a poco internándonos en el Parque Nacional de los Volcanes y ascendiendo en altitud, por lo que una vez más y como nos pasó el día anterior en Maui conocíamos las dos caras de Hawái. Paramos en la playa de Punaluu, la playa de arena negra, y al llegar nos dimos cuenta de que efectivamente ese era un punto obligado para los turistas. El aparcamiento estaba lleno de coches y en la playa, de apenas unos 200 metros de longitud, la gente se dispersaba, unos tomando el sol, otros sentados en la arena y la mayor parte de ellos se arremolinaban en torno a algo que no terminábamos de distinguir. 

Alejandro mirando con los prismáticos al sitio equivocado.
 Una vez que te acercas puedes observar a un pequeño grupo de tortugas marinas tumbadas en la arena, con tal pachorra que daba incluso reparo mirarlas. Pero ahí estaban ellas, tratando a veces de moverse, avanzando un par de aletazos sobre la arena negra y mirando de soslayo a los que las observábamos. Lo único malo es que aquello no resultaba excesivamente natural. Si bien es cierto que ellas viven allí, faltaba esa sensación de naturaleza salvaje que tienes cuando ves a un animal “extraño” por primera vez. Pese a todo disfrutamos con mucho gusto aquellos minutos y también de la playa, tal vez no tan espectacular como la que habíamos visitado en nuestro primer día en Maui.

Las tortugas marinas tan tranquilas tomando el sol.
Teníamos que seguir en camino hasta llegar al Parque Nacional de los Volcanes. La prisa nos llegaba porque sería allí donde pasaríamos la noche, en un camping gratuito donde tienes que ser de los primeros en plantar la tienda si quieres tener sitio. La entrada al Parque, como nos pasó en Maui, era gratuita gracias a las celebraciones del centenario de los Parques Nacionales, así que tras alguna parada nos dirigimos rápidamente al camping, montamos nuestra tienda y ahora sí, tras coger algo de abrigo, nos fuimos a visitar las calderas y cráteres repartidos por el Parque.

Uno de los varios miradores a la caldera de Kilauea.
El Parque Nacional consta de varias zonas de visita. La principal es la que rodea a la Caldera de Kilauea y a partir de ahí se pueden visitar otros pequeños cráteres. El mayor espectáculo, que contaremos más adelante, se produce al anochecer, así que aún teníamos algunas horas por delante para disfrutar de los encantos del parque: el cráter de Lua Mau, el de Puhimau o el Tubo de Lava, una pequeña ruta que te adentra en un túnel formado en el interior de la lava. Tras esto y después de parar en los miradores de la caldera, nos fuimos rumbo al Centro de Visitantes para asistir al anochecer sobre el cráter de Halemaumau.



Más vistas sobre la caldera y abajo el Tubo de Lava.
La isla de Hawái consta de dos grandes volcanes, el Mauna Kea y el Mauna Loa, sobre el que estábamos en ese momento. Estos volcanes, a diferencia del Haleakala de Maui, por ejemplo, están activos. Tanto que hace tan sólo 30 años entró en erupción por última vez, cambiando la solidificación de la lava el paisaje de esa zona de la isla. Todo esa información se puede encontrar en el Centro de Visitantes, junto a toda la mitología nativa hawaiana que rodea a la isla y muchas más cosas: medidores de seísmos y actividades volcánicas, fotografías, vida natural, etc. Pero nosotros estábamos allí para asistir al anochecer sobre la caldera, que no sólo supone asistir a la belleza propia de este momento del día, sino que el principal reclamo viene porque se puede apreciar la lava en el interior del cráter a medida que la luz del sol va cayendo. Allí en el mirador nos agolpamos todos, unos con la mera intención de mirar, otros con profesionales equipos de fotografía, unos más abrigados, otros muertos de frío. Todos observando hacia el interior del cráter, viéndolo poco a poco tornarse color lava. La escena es espectacular e increíble. Y allí estábamos todos, cientos de locos mirando desde la distancia hacia un cráter que en cualquier momento podía ponerse a escupir lava.


Arriba, los turistas colocados para asistir al anochecer sobre el cráter (abajo).
Lo más gracioso es que nosotros, en caso de que el volcán decidiera entrar en erupción unas horas más tarde mientras los demás disfrutaban de una cena y una cama en sus hoteles, teníamos pases en primera fila para surfear sobre la lava. Íbamos a pasar aquella noche apenas a un par de kilómetros de aquel agujero de piedras y fuego líquido. Y aunque lógicamente sabíamos que el riesgo es mínimo (y si lo hay, seríamos los primeros en saberlo) no dejábamos de disfrutar la sensación de pasar la noche sobre un volcán activo. Aún nos faltaría un día más en la isla de Hawái, donde el fuego cedería el protagonismo al agua, que de distintas maneras no dejaría de caer en todo el día.

Recuerda que puedes ver todas nuestras fotos de la isla de Hawái en nuestra página de Flickr y todo nuestro viaje de Hawái en este enlace.


11 may. 2016

Un bosque de bambúes y un mar de nubes

Nuestro primer día en Maui nos había llevado por la carretera a Hana, parando en playas de arena negra, acantilados, bosques tropicales y durmiendo gratis en un Parque Nacional. Para la segunda etapa dejábamos una caminata que nos dejaría la boca abierta de puro asombro, terminaríamos de rodear la zona oeste de la isla y subiríamos a la cima del volcán Haleakala. Y como colofón, una noche en el aeropuerto.

DÍA 21 DE ABRIL: MAUI


Los Parques Nacionales de EEUU, como institución, cumplen en 2016 cien años y la semana del 18 al 24 de abril lo celebraban permitiendo la entrada gratuita. El Parque Nacional de Haleakala tiene una característica muy concreta: se creó para proteger el área circundante al volcán, pero se amplió posteriormente para incluir la zona de Kipahulu, en la costa, donde habíamos pasado la noche. Desde allí teníamos planeada la ruta de Pipiway (sí, el nombre es curioso) para ver la cascada de Waimoku.

La ruta comienza en el propio aparcamiento del parque y tras unos primeros 20 minutos poco prometedores comienzan a mejorar al llegar a la primera parada: la cascada de Makahiku. Desde ahí la cosa empieza a ponerse más interesante hasta que llegas a un puente que cruza el río y pasas de un bosque semitropical a un auténtico bosque de bambú de decenas de metros de altura. El color verde intenso de esta planta te va a envolver y tu vista sólo alcanzará a ver cientos de troncos, algunos caídos, otros en el suelo, pero la mayoría de un grosor cual que vuestra mano no podrá terminar de rodearlo. El bosque de bambú se extiende por casi una milla, hasta poco antes del final de la ruta.


Ana paseando entre bambúes y Alejandro demostrando que el bambú es enorme (o su mano muy pequeña).
La caminata (de unos 6 kilómetros ida y vuelta, unas 2 horas y media) acaba a los pies de la catarata de Waimoku, varias decenas de metros de caída de agua. Por seguridad no te dejan acercarte mucho a la caída de agua. Nosotros habíamos comenzado la ruta bastante temprano (en la ida sólo nos cruzamos con dos parejas que ya volvían), así que pudimos disfrutar de todos estos rincones en bastante soledad. Aunque hay algunos turistas que subían con chanclas y el camino está bastante bien acondicionado, especialmente en el bosque de bambúes, lo más recomendable como siempre es llevar calzado adecuado.

La cascada de Waimoku, al final de la ruta Pipiwai.
Volvimos al aparcamiento con la sensación de que, pese a ser antes de las 10 de la mañana, aquel día ya había compensado. Ahora nos tocaba la parte más complicada de la carretera que bordea la zona oeste de la isla. Desde el pueblo de Kaupo una carretera te lleva por la costa para posteriormente girar hacia el interior y de ahí la subida a la cima del volcán. Parte de esta carretera está sin asfaltar y es bastante estrecha, así que la conducción no será tan plácida como la ruta de Kapuhili a Hana, pero sí que habrá mucho menos tráfico. Antes de adentrarnos en la zona sin asfaltar hicimos un alto para tomar, en uno de los puestos que salpican la carretera casi a cada kilómetro, un café y una papaya fresca.

La carretera que lleva al volcán desde la costa sur de la isla te hace olvidar por un momento que estás en Hawái. Si pasas de la infinita vegetación de la zona norte hacia el oeste y te adentras aquí te llevarás la sorpresa de descubrir que en Hawái también hay desierto. El paisaje se vuelve árido y sin vegetación, sopla el viento y desaparecen los turistas. La carretera pasa por algunos cañones y deja vistas de los depósitos de lava que han dado lugar a pequeños cabos o penínsulas. Más adelante incluso se puede ver la pequeñas isla de Molokini (famosa por su snorkel) y la algo mayor isla de Kahoolawa, esta última no accesible para turistas. También se puede ver la zona más turística de la isla, los hoteles y resorts de la costa central-sur, a la que no se puede acceder desde esta carretera.


La carretera que bordea la costa sur y algunos de los paisajes que recorre.
Dejábamos la costa y nos íbamos directos al centro de la zona oeste de Maui. Desde ahí comienza el ascenso al volcán de Haleakala que te llevará directo a la cima. Si has leído la entrada de nuestro primer día en Maui recordarás que pagamos un extra para tener un coche más potente que pudiera subir a la cima del volcán, ya que según nos dijeron en la compañía de alquiler el que teníamos reservado (un Nissan Micra) no podría subir. Ni caso. La carretera es fácil y no es demasiado empinada. Pero picamos. Aunque se agradeció en la zona sin asfaltar en la costa sur. Aun así seguimos disfrutando del ascenso, sobre todo a medida que subíamos y notábamos que dejábamos las nubes atrás y a nuestros pies iba quedando un mar blanco.

La carretera que sube a la cima, con el cráter al fondo y las nubes envolviendo los picos.
En la cima del volcán, además de un observatorio de astronomía no visitable, hay varios miradores no sólo de la isla sino también del cráter del volcán (que técnicamente no lo es). Disfrutamos de las vistas sintiéndonos por encima de las nubes y maravillándonos ante el paisaje casi marciano del Haleakala, de su curiosa vegetación autóctona y charlamos con un matrimonio californiano que nos preguntaron sobre nuestros viajes (nos encanta eso de decir que hemos pasado un año en Nueva Zelanda, para qué mentir). Existen rutas de senderismo, algunas de varios días, para disfrutar de todo el parque, y hasta aquí suben cientos de turistas cada mañana para ver el amanecer desde el volcán (para eso da igual si está el día nublado o no), pero a nosotros nos tocaba irnos y reservar para acampar aquella noche.


Las famosas (y amenazadas) Silversword y las vistas desde la cima del Kalehala, con el cráter.
Nuestra idea inicial era acampar en el Kanaha Beach Park, muy cerca del aeropuerto, tanto que podríamos ir andando y dejar el coche un día antes. Por suerte en Thrifty nos dijeron que era lo mismo dejarlo aquella noche (como habíamos previsto) que a la mañana siguiente, siempre que fuera antes de las 48 horas. Una vez supimos eso nos quitamos un peso de encima (literalmente, andar desde la zona de acampada con las mochilas tenía su aquel), pero al llegar al camping la sensación que tuvimos nos tiró para atrás. Había casetas montadas por gente que parecía que llevaba allí viviendo varias semanas o meses (con sofá y televisión), muchos coches abandonados y, en general, mala sensación. Al menos para nosotros. No nos sentimos seguros y exploramos otras opciones.

Una noche de hotel en Maui, reservado a última hora, no va a bajar de 200 dólares, así que quedaba descartado. La otra opción era probar en otro de los campings del Condado de Maui, pero estaban lejos y nos arriesgábamos a que estuvieran igual que el de Kanaha. El único camping privado costaba unos 40 dólares por noche, estaba lejos y ni siquiera tenía agua caliente. ¿Solución? Aeropuerto de Maui. Preguntamos a la seguridad si podíamos quedarnos y tras una llamada a los jefes nos dijeron que sí, pero sólo en la zona de recogida de maletas. Y allí nos fuimos. Los guardias de seguridad (y el ver que otra familia más “acampaba” allí) tranquilizaron a Ana (el aeropuerto está abierto al aire libre) y pasamos la noche esperando a coger nuestro avión rumbo a la isla de Hawái a ver tortugas y a dormir sobre un volcán activo.

Recuerda que puedes ver todas nuestras fotos de Maui en nuestra página de Flickr y todo nuestro viaje de Hawái en este enlace

5 may. 2016

Siguiendo descapotables en el camino a Hana

Molokai nos había parecido increíble. Cumplía los requisitos que esperábamos de las islas hawaianas (sol, playas de arena blanca, montañas y vegetación tropical), pero éramos conscientes de que el hecho de que no hubiera turistas rompía con la tónica habitual. Ahora nos tocaba adentrarnos en la segunda isla más turística, Maui, la “isla valle”, donde recorreríamos la carretera a Hana, echando de menos las vacías rutas de Molokai.

DÍA 20 DE ABRIL: MAUI


Despegábamos desde el minúsculo aeropuerto de Molokai y dejábamos atrás la tranquilidad de esta pequeña isla con destino a Maui. Nuestra idea aquella misma mañana sería buscar un wifi nada más llegar (en los aeropuertos hawaianos no hay wifi gratuito y hay que hablar con la familia cuando se viaja, nunca os olvidéis) y arrancar en la carretera con destino a Hana. Tras recoger el coche de alquiler (esta vez nos tocaba Thrifty), pagando un extra para un coche de mejor gama (nos lo recomendaron si queríamos subir a la cima del volcán), condujimos unos minutos hasta el Centro Comercial Queen Kaahumanu y conectarnos, ya que pasaríamos el día lejos de la capital de la isla.

Por lo tanto nos poníamos en ruta en la serpenteante carretera hacia Hana más tarde de lo que nos hubiera gustado. Desde el momento en que encaras la ruta notas que ésta es la actividad turística más repetida por los visitantes de Maui. Conduces detrás de coches de alquiler, muchos de ellos descapotables o Jeeps, y tienes que ser consciente que en cualquier momento te toca parar a un lado de la carretera para realizar alguna pequeña ruta o ver las vistas de la costa. Nuestro plan del día sería conducir hasta Hana e ir a dormir al camping situado en el Parque Nacional de Haleakala, en la zona del volcán, así que tampoco debíamos demorarnos mucho.

A lo largo de la carretera a Hana hay varios puntos interesantes para parar. El primero que encuentras son las Twin Falls (Cascadas Gemelas), pero ojo, no está nada señalizado y vas a encontrar de repente, tras una curva, un aparcamiento atestado de coches. Si no eres rápido para encontrar un aparcamiento puede resultar difícil parar. Nosotros, ante la dificultad, decidimos pasar de largo, ya que no somos tan amantes de las cascadas (salvo que sean casos especiales, como ya veréis). Así que nuestra primera parada fue en el Waikamoi Ridge Trail, que tampoco está muy bien indicado y la zona de aparcamientos es incluso más pequeña. La ruta, de unos 15-20 minutos, se interna en una zona de selva tropical y deja varias vistas espectaculares de un inmenso bosque de bambú en la ladera de la montaña.

Las vistas desde uno de los miradores del sendero
La carretera continúa bordeando la costa, dejando a tu derecha la frondosa arboleda y a tu izquierda el Océano Pacífico, salpicada en ocasiones por pequeñas cascadas y riachuelos que pasan debajo gracias a los numerosos puentes de un único carril (al estilo neozelandés). Perdiendo la cuenta de las curvas llegas hasta la península de Keanae, formada tras una erupción del volcán Haleakala, lo que explica el color negro intenso de las rocas contra las que el mar arremete. Buen sitio para tomar unas buenas fotografías y para comer el famoso pan de plátano (Banana Bread) en un pequeño puesto a la entrada de la península.


Las rocas rojas negras de Keanae y el famoso pan de plátano de Hawái.
A lo largo de la Hana Highway se pueden hacer numerosas paradas y va en función de cuánto tiempo se quiera invertir en la ruta. Nosotros paramos de nuevo en el Waianapanapa Beach Park, gestionado por el Condado de Maui (por lo tanto, con zona de acampada para dormir), donde se puede disfrutar de la espectacular playa de arena negra. Estas playas, habituales en Hawái dado su origen volcánico, presentan un contraste de colores que las hace especiales. Ahí pudimos disfrutar de nuestra primera tortuga marina (muy a lo lejos, nadando) y del marco especial que formaba el negro de las rocas, el azul intenso del mar y el verde brillante de la vegetación que salpicaba las rocas. Si el sol brilla con intensidad la escena es increíble. Junto a la playa se encuentra un géiser marino (blowhole, en inglés), donde poder ver cómo el mar salta por los aires al penetrar por los orificios que las rocas dejan en la orilla (menos espectacular que el que habíamos visto en las Pancake Rocks en Nueva Zelanda). Siempre la fuerza del mar, y por tanto la altura y espectacularidad del géiser, serán mayores en los momentos de subida de marea.


La playa de arena negra (arriba) y el géiser marino en plena acción.
Pasamos de largo del pueblo de Hana, donde no hay mucho que hacer, para conducir hasta el pequeño trozo que el Parque Nacional de Haleakala ocupa en la costa sur de la isla. La entrada al Parque Nacional suele ser de 15$ por vehículo válido para tres días, pero por aquellas fechas se celebraba en Estados Unidos la semana especial de los Parques Nacionales, por lo que la entrada era gratuita. Visitamos las Oheo Gulch, las Siete Piscinas Sagradas, cuyo nombre en realidad es una invención turística, y que no es más que una continuación de pozas bajo pequeños saltos de agua donde poder bañarse si el tiempo y las condiciones del mar lo permiten. Junto al aparcamiento, además de baños y un Centro de Visitantes, hay varias rutas de senderismo (una de las cuales haríamos al día siguiente) y zonas donde poder sentarse a ver la inmensidad del océano.

Eran las tres de la tarde y nos planteamos dos opciones: ir a dormir al volcán o dormir allí mismo en el camping dentro del Parque Nacional. Las dos opciones eran gratuitas (sólo se paga la entrada al Parque, aunque no esa semana), pero el camino al volcán llevaba al menos dos horas por una carretera llena de curvas y con tramos sin asfaltar. Lo pensamos durante un rato y decidimos plantar la caseta allí mismo, en un amplio claro de césped.

La zona de acampada del Parque Nacional de Haleakala
Nos fuimos a dormir con las espectaculares escenas que habíamos disfrutado en nuestro camino a Hana, pero también con la sensación de haber acertado empezando nuestro viaje en Molokai. Maui, ya este primer día, nos había parecido objetivamente más bonita, pero la cantidad de turismo que invade cada lugar es el precio que debes pagar. Al día siguiente descubriríamos algunos de nuestros rincones favoritos de Hawái, caminando entre bambús de decenas de metros de altura, atravesaríamos una carretera desértica y coronaríamos la cima de un volcán con las nubes a nuestros pies.

Recuerda que puedes ver todas nuestras fotos de Maui en nuestra página de Flickr y todo nuestro viaje de Hawái en este enlace

2 may. 2016

Comenzamos a enamorarnos de Hawái

Aún no nos creíamos que estuviéramos en Hawái. Habíamos disfrutado de paisajes increíbles en el norte de Molokai y todavía nos quedaba la zona más espectacular de la isla menos turística del archipiélago. Un valle y una cascada increíble en una carretera que recorrería playas de arena blanca en la zona este y el paisaje árido de la zona oeste, terminando el día a ritmo de música religiosa. Nuestro romance con Hawái iba a comenzar.

DÍA 19 DE ABRIL: MOLOKAI


Después de 46 horas terminaba el cumpleaños de Ana, que había empezado en Wellington y terminaba en un parque del norte de una pequeña isla hawaiana rodeada de ciervos. Por suerte en Hawái amanece bastante temprano y puedes estar en ruta con tiempo suficiente para aprovechar el día. Hicimos de nuevo una parada en el wifi del hospital para hablar con la familia y nos dispusimos a conducir hasta el extremo más alejado de la isla, al valle de Halawa. La primera parada fue en el Kapuaiwa Coconut Grove, un palmeral de cocoteros construido por el rey Kamehameha V. El acceso está prohibido porque existe un importante riesgo de que te caiga un coco en la cabeza. Y eso debe doler.


Arriba, los famosos cocoteros de Kamehamea V. Abajo, la señal que alerta del peligro.
 La única carretera que recorre la isla lo hace por la costa sur, la que menos sufre los efectos del viento y donde se encuentran las playas más tranquilas, sobre todo por la presencia del mayor arrecife del archipiélago de Hawái. Este arrecife permite playas con apenas olas y de poca profundidad, con aguas claras. El punto más negativo es que la mayoría de ellas son de acceso privado (esto es Estados Unidos, la meca de la propiedad privada) y las públicas requieren de aparcar el coche a un lado de la carretera, si es que hay sitio. Aún así paramos en la playa de Kaulehole, muy cerca de Kaunanakai, en el parque de One Alii, donde además se puede pasar la noche al ser zona de acampada del condado de Maui (amplio, con mesas, refugios, fregaderos, baños y duchas de agua fría).

Seguimos recorriendo la carretera asombrándonos con la vegetación tropical y las casas de los hawaianos (y por qué en todas habían tantos coches enormes). Mientras conducíamos de repente aparecía una playa o una pequeña cala y cuanto más nos acercábamos a la costa este, más abrupto se hacía el paisaje en el interior de la isla. Lo que en un principio era una carretera llana y recta iba tornándose en curvas y subidas y bajadas y a nuestra derecha las playas y calas tomaban forma de acantilados y rocas. La carretera abandonaba la costa para internarse a través de las montañas en dirección al valle de Halawa. Un saliente en la carretera nos dejaba un paisaje impresionante del que sería nuestro destino esa mañana.


Arriba, Ana pasea por una playa de Molokai. Abajo, las vistas del valle de Halawa desde un saliente de la carretera
Una vez llegamos al final de la carretera comenzamos a andar por la ruta que debería llevar a la cascada de Mooula, pero nos llamó la atención los carteles que avisaban de que aquel camino era propiedad privada y no se nos estaba permitido el paso. Estábamos solos y únicamente dos coches más (que también parecían de alquiler) nos indicaban que efectivamente estábamos al comienzo de la ruta. Fue entonces cuando vimos llegar a un grupo de turistas, a los que preguntamos cuál era el camino que llevaba a las cascadas a través del valle. Nos dijeron que la única manera de llegar era pagando al dueño de aquellas tierras, un chico cuya familia regía el valle y que cobraba el módico precio de 60$ por persona por guiarte. Una vez más la ausencia de turismo dejaba estas actividades a precios excesivos y nos quedamos con las ganas. Hicimos algunas fotos a la iglesia que allí estaba y nos conformamos con las vistas del valle desde la playa (pública, se puede pisar) que hay allí mismo (mientras Alejandro intentaba, sin éxito claro, abrir un coco a golpes).


La iglesia que se encuentra al comienzo de la ruta y las vistas del valle desde la playa.
Volvimos por donde habíamos llegado con sensación agridulce. Por una parte los paisajes que habíamos visto nos alucinaron, pero nos hubiera gustado más poder internarnos en el valle, incluso pagando un precio más bajo que el exigido por aquel chaval. Nueva Zelanda nos había malacostumbrado.

Aún no era mediodía y nos quedaba por descubrir la costa oeste de la isla, que en principio no nos había llamado la atención al ser más seca y ubicarse allí algún resort turístico. El camino en atravesar toda la isla no dura más de una hora y una vez pasado Kaunakakai se transforma, abandonando paulatinamente la vegetación tropical por un paisaje más árido, donde predomina el color rojo de la tierra volcánica y los tonos ocres de la vegetación seca. Aquí el viento pega con más fuerza y las lluvias llegan tras haber descargado todo en las montañas del noreste de la isla. Pasamos el pueblo de Maunaloa, donde se dice que nació el hula, el baile típico hawaiano, y desde ahí a la playa de Papohaku. Atravesamos los resorts turísticos, edificios antiguos que tienen pinta de haber esperado más ocupación de la que reciben, y nos tumbamos un rato en la arena tras la comida. Duramos cinco minutos porque aquel momento que debía ser de relajación no era tal debido al viento. Ana durmió la siesta en la zona de acampada (también del condado de Maui) junto a la playa. Si el tiempo lo permite, aquella playa debe ser una gozada, pero no teníamos ganas de esperar a que el viento amainara, así que volvimos a la ciudad a pasar lo que quedaba de día.

Ana y una característica flor hawaiana en la playa de Papohaku
 Paramos en Kaunakakai y paseamos para ver qué hacían los pocos habitantes de Molokai por las tardes. Nos sentamos a ver un partido de béisbol de niños y un espectador se nos presentó y nos preguntó por nosotros y nuestros viajes. Al rato nos invitó a un acto que tendría lugar en su iglesia aquella noche, con música y bailes típicos incluidos. Nos pareció interesante acabar así nuestra estancia en la isla, por lo que fuimos a cenar al Molokai Burguer (buenas hamburguesas y buen wifi) y de ahí a la iglesia King’s Chapel.

Cuando llegamos nos saludaron alegremente y nos invitaron a sentarnos en los bancos. Nos dieron un colgante de pequeñas caracolas y comenzó la música, toda de índole religiosa pero que nos gustaba. Ver cómo vivían aquella música nos emocionó. Tras el “concierto” inicial llegaron otras actuaciones: un baile de hula, coreografías y más música. Cada cual aportaba lo que creía conveniente. Todos eran personas locales, bien nativos o bien de origen filipino, salvo nosotros y una pareja de canadienses (él tocó la guitarra, por suerte no tuvimos que hacer nada porque tampoco sabríamos qué hacer). Una vez hubo terminado el acto, todos nos dieron las gracias por acudir y nos pidieron algunas fotos. E incluso rezaron por nosotros, bendiciéndonos para nuestra siguiente aventura en Canadá. Ninguno de los dos somos creyentes, pero por si acaso.

Un chico tratando de batear en Kaunakakai
Había comenzado a llover y condujimos de nuevo al Palauu State Park, donde una vez más estábamos solos. Llovía mucho y era noche cerrada, así que decidimos volver a dormir en el coche. En mitad de la madrugada la lluvia era constante y hacía imposible dormir, así que nos movimos hasta un lugar donde no lloviera, en el One Alii Beach Park, aun sin permiso y arriesgándonos a ser multados

Nuestros dos días en Molokai habían acabado y nos íbamos con la satisfacción de haber comenzado la ruta por Hawái en la menos turística de todas las islas. Apenas nos habíamos cruzado con una decena de turistas y habíamos disfrutado de lugares hermosos sin la saturación que esperábamos en las demás. El estilo de vida de Molokai, donde impera la calma y la tranquilidad, nos había invadido y mejor aún, nos había enganchado. Si ésta era la menos espectacular de todas las islas no queríamos ni imaginar cómo sería el resto. A la mañana siguiente tomaríamos el vuelo con destino a Maui. Nos esperaban bosques tropicales y un enorme volcán.

Recuerda que puedes ver todas nuestras fotos de Molokai en nuestra página de Flickr y todo nuestro viaje de Hawái en este enlace