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lunes, 14 de noviembre de 2016

Viaje al corazón volcánico de Nueva Zelanda

Después de visitar Wellington nos encontrábamos en pleno corazón de la Isla Norte. Haríamos una visita fugaz amenazada por la lluvia a una de las grandes atracciones del país y seguiríamos nuestro camino hacia Taupo, donde dormiríamos antes de la visita a uno de los lugares más curiosos de Nueva Zelanda en Rotorua, el Parque de Wai-o-Tapu.

DÍA 30 DE OCTUBRE: DE WAIKANAE A TAUPO


Hay que reconocer que la Isla Norte de Nueva Zelanda es mucho menos atractiva que la Sur. De hecho, venir a este país y quedarse sólo en la más septentrional de las islas es como un viaje inacabado. Dicho esto, la zona del país entre Cabo Reinga y Wellington puede dejar a los viajeros algunos lugares de gran interés, entre los cuales destaca uno: el Parque Nacional del Tongariro.

Conocido entre otras cosas por haber servido de escenario para ilustrar Mordor en la Trilogía de El Señor de los Anillos, este Parque Nacional se encuentra entre los lugares más visitados del país. La posibilidad de hacer rutas de senderismo de uno o varios días atravesando paisajes desérticos y volcánicos lo ha convertido en un imprescindible de Nueva Zelanda, pero nosotros no pudimos disfrutar de las espectaculares vistas que ofrece. Una vez llegamos hasta la oficina del DOC en el Parque la lluvia no nos iba a permitir realizar ni siquiera una ruta corta por los alrededores. Tuvimos que conformarnos con ver desde lejos los picos del Ruapehu y el Ngauruhoe nevados, comer con tranquilidad en la furgoneta y prometernos que en un futuro volveríamos.

Al fondo, las vistas sobre del Ruapehu y el Ngauruhoe
Por lo tanto, por la tarde pusimos rumbo a Taupo, la principal ciudad del centro de la isla y que suele servir de alojamiento para muchos turistas que deciden visitar el Tongariro. Allí cenaríamos en un restaurante (el Vine Eatery & Bar, bastante bueno) y dormimos en la zona habilitada en el centro de la ciudad para vehículos self-contained.

DÍA 31 DE OCTUBRE: DE TAUPO A ROTORUA


Salimos de Taupo con la intención de hacer parada en Rotorua. Esta ciudad, situada a la orilla del lago del mismo nombre, es conocida por su actividad subterránea, es decir, por su pasado volcánico que aún a día de hoy se aprecia en la gran cantidad de pozas de agua caliente donde uno se puede bañar gratuitamente por sus alrededores. También lo es por alojar el parque geotermal de Wai-o-Tapu, un recinto donde disfrutar de algunas de las escenas más bellas que se pueden disfrutar en Nueva Zelanda.

La entrada al parque es de 32$, un precio que Alejandro consideró demasiado elevado para una actividad natural, por lo que sólo Ana y su tía entraron. La visita puede llevar alrededor de una hora y media y recorre diferentes cráteres a los que el azufre aporta variados colores. Pozas de lodo hirviendo, aguas de color verde o amarillo, el inconfundible olor a huevo podrido de estos paisajes e incluso un géiser artificial con actividad planificada (cada día a las 10:15 de la mañana). El Parque supone un recorrido por el pasado volcánico y natural no sólo de la región del lago Rotorua, sino de todo el país. Nueva Zelanda y su geografía deben buena parte de su belleza y su singularidad a la actividad de origen volcánico.



Distintas vistas del parque y las lagunas de colores
Una vez terminada la visita por el Parque de Wai-o-Tapu seguimos disfruando de los alrededores de la ciudad, que cuenta con lugares gratuitos como la piscina de las burbujas de barro. Puedes pasar allí un buen rato simplemente viendo cómo se va formando una burbuja de grueso barro y acaba por explotar.

Una burbuja de barro en plena explosión
Y para terminar el día llegamos a la ciudad (una de las mayores del país) y nos reunimos con Mamen y Juan, nuestros amigos de España que llevaban pocos días en el país y se encontraban a punto de comenzar su primer trabajo. Estuvimos tomando algo y charlando un buen rato y dimos una vuelta por la ciudad, que mantiene algunos lugares interesantes, como los Government Gardens, con bonitas vistas del lago, el edificio del museo de la ciudad y un antiguo balneario.

El edificio del museo de Rotorua, en los Jardines de la ciudad
Nos hubiera gustado pasar más tiempo con nuestros amigos después de tanto tiempo sin vernos, pero teníamos que seguir en camino. Dormimos en una zona habilitada a las afueras de Rotorua en la carretera de camino a Tauranga, donde al día siguiente comenzaríamos nuestra ruta por la Península de Coromandel, poco antes de abandonar el país rumbo a España para pasar la Navidad.

jueves, 6 de octubre de 2016

Galípoli cobra vida en Wellington

Nuestra ruta de tres semanas por Nueva Zelanda cambiaba de escenario. Íbamos a cruzar de nuevo el Estrecho de Cook, casi siete meses después, para volver a la Isla Norte. Sabíamos que el paisaje cambiaría radicalmente y eso forma parte de este país. Pero antes, en la capital neozelandesa, disfrutaríamos una vez más del museo Te Papa, donde una exposición temporal nos dejaría sin habla y sobrecogidos.

DÍA 29 DE OCTUBRE: DE BLENHEIM A WAIKANAE




Una de las mayores desventajas de querer viajar por toda Nueva Zelanda es el hecho de que el país está dividido en dos islas y, como es lógico, hay que cruzar de una a otra. Si este viaje se hace en furgoneta o caravana la única manera es a través del ferry, que resulta bastante caro, aunque siempre hay que mantener el optimismo y resaltar que el viaje entre Picton y Wellington merece la pena. Y también es una manera obligada de visitar la capital del país.
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Nos despertamos bien temprano aquella mañana ya que debíamos estar en el puerto de Picton una hora antes de la salida del ferry, programada para las 9 horas. El precio de la furgoneta iba incluido en el alquiler, por lo que sólo tuvimos que pagar los billetes de tres personas, que cuestan 65$ cada una. Al igual que nos ocurriera la vez anterior, nos asombraba la manera en que los operarios de la empresa jugaban al Tetris con las decenas de vehículos que entraban en aquel barco. Todo debe estar controlado al milímetro para optimizar el espacio sin que afecte a la estabilidad.

Zarpa el ferry e inmediatamente te sumerges en el corazón del estrecho que da entrada a Picton, el Queen Charlotte Sound, rodeado de cientos de pequeñas islas. Merece la pena ocupar un buen lugar en algunos de los salones o bien subir a la cubierta y disfrutar del olor a mar y del sonido de las olas. Por las características del estrecho el barco no pasa demasiado tiempo a mar abierto y pronto se comienza a divisar la Isla Norte. Algo más de tres horas después estás pisando Wellington.

Alguna de los paisajes que se pueden ver desde el ferry
La ciudad de Wellington es bastante animada, sobre todo comparada con el resto del país, pero la visita apenas da para un par de días como máximo. Nosotros teníamos pensado dedicar los pocos días que nos quedaban a ver alguna zona que no conociéramos de la Isla Norte, así que dedicaríamos a la ciudad un paseo por sus calles más animadas (Cuba Street básicamente) y al museo Te Papa. Pero antes había que comer. Por suerte dimos con un restaurante turco (Abrakebabra) que nos quitó el antojo que teníamos desde hacía meses de comer kebab, falafel y todo tipo de comida turca. Comimos muy bien, en cantidad y a buen precio.

Los platos de comida turca que tan bien nos sentaron
Después de llenar el estómago entramos de lleno en el Museo Te Papa Tongarewa, el museo nacional de Nueva Zelanda. Ya habíamos estado anteriormente y por eso sabíamos que es una buena manera de aprender rápido un poco de historia del país, así como sus particularidades naturales. Y ya sabéis que somos amantes de los museos neozelandeses. Toda la historia de Nueva Zelanda está aquí resumida: la llegada de los primeros pueblos polinesios, la colonización británica, las principales especies animales, su origen volcánico, la lucha por los derechos civiles, el pueblo maorí y su cultura, el tratado de Waitangi y muchas más cosas. Sobre todo una que, coincidiendo con su centenario, tendríamos la suerte de disfrutar.

La cultura morí está muy presente en el museo
En 1915 se produjo en las costas de Turquía la archiconocida batalla de Galípoli. Aquellos días, cientos de neozelandeses fueron masacrados a manos de las tropas del imperio otomano en lo que aquí (y en Australia) se ha convertido en un emblema nacional de la unidad del país y su lucha del lado de la democracia y la libertad. Y en conmemoración del centenario de aquel hecho el Te Papa mostraba una exposición temporal que explicaba, con todo lujo de detalles, qué ocurrió en aquellas playas turcas cien años atrás. Gráficos, maquetas, textos, vídeos, material, recreación de una trinchera… Es imposible no salir de aquella exposición conociendo al detalle por qué para los neozelandeses supuso un hito en su corta historia. Pero lo que más nos impresionó fueron las inmensas figuras que presidían cada una de las salas de la exposición. Estatuas gigantes con un nivel de detalle asombroso que representaban a protagonistas reales de la batalla de Galípoli, todo realizado por la empresa Weta Workshop, que ha trabajado en películas como El Señor de los Anillos. Ni siquiera las fotografías pueden hacer justicia.



Algunas de las figuras presentes en la exposición
Nos fuimos del Te Papa sobrecogidos con el realismo de los gestos y los pequeños detalles de cada una de las figuras de la exposición, por desgracia temporal y no permanente. Volvimos a la furgoneta y condujimos buscando el corazón de la Isla Norte. Dormimos en una zona habilitada en el pueblo de Waikanae y ya reconocíamos las diferencias entre el norte y el sur. Al día siguiente teníamos intención de visitar el gran atractivo de esta zona de Nueva Zelanda.

lunes, 3 de octubre de 2016

Puede haber tranquilidad en Christchurch

Nuestros días en la Isla Sur de Nueva Zelanda en esta ruta de tres semanas por el país estaban tocando a su fin, aunque aún nos quedaba la visita a Christchurch y subir hasta Picton. En la derruida ciudad descubriríamos un nuevo museo neozelandés que nos deslumbró y disfrutaríamos de la explosión de colores de un jardín botánico en primavera. Y además, como no podía ser menos en Kaikoura, disfrutamos de las focas a unos pocos metros de distancia.

DÍA 27 DE OCTUBRE: DE AKAROA A CHRISTCHURCH



De Christchurch se dicen muchas cosas y pocas son favorables. Si las ciudades neozelandesas son casi por definición poco agradables a la vista, una que se destruyó casi totalmente hace unos años y está en pleno proceso de reconstrucción no va a mejorar esa fama. Sin embargo, la gran ciudad de la Isla Sur aún esconde algunos lugares que hacen que merezca la pena una parada.

Como viene siendo tradición aparcamos la caravana en un aparcamiento gratuito muy cerca del centro de la ciudad y caminamos por sus calles observando sus edificios caídos. La catedral, principal emblema hace unos años, prácticamente está destruida y en cada manzana aparecen solares vacíos donde una vez hubo un edificio. Otros se mantuvieron en pie pero ahora son inservibles, dando la imagen de ciudad fantasma. Sin embargo se puede pasear por algunas de sus calles y descubrir que está floreciendo el arte urbano, caminar por New Regent St y su casitas de colores o visitar el curioso centro comercial al aire libre del Re:Start, donde comimos en el Dimitris, un griego ambulante al que le teníamos ganas desde tiempo atrás.

La imagen más clásica de la actual Christchurch: obras por todas partes
Posiblemente la mejor manera de aislarse del bullicio que supone una gran ciudad como Christchurch y su caos de construcción es caminar por Worcester Blvd en dirección al Jardín Botánico y dar de bruces con el Museo de Canterbury. Como hemos escrito en alguna ocasión, los museos neozelandeses nos encantan, no tanto por su contenido (todo lo que hay en los museos es interesante, aunque la historia de este país sea corta y poco intensa) sino por la forma en que los cuidan y los explotan, de manera que todo lo que exponen te resulte interesante.

En este caso el museo se centra en la región de Canterbury y los primeros colonizadores, además de gran cantidad de objetos maoríes y por supuesto, la vida animal y vegetal de la región. Se pueden ver desde artefactos de guerra maoríes a la enorme variedad de aves que viven en la Península de Banks, o una recreación de cómo era la ciudad a finales del siglo XIX, simulando una calle con todo tipo de detalles. La conquista de la Antártida, los colonos o una reconstrucción de una curiosa casa de Bluff (al sur de la isla), donde una adorable pareja de ancianos la adornó con cientos de conchas de pauas. A nosotros la visita al museo nos resultó, como suele ser habitual en este país, bastante agradable.


Arriba, la zona dedicada a la exploración de la Antártida; abajo, la casa de las pauas
Como el museo cerraba temprano (17 horas) y todavía teníamos horas de luz para aprovechar, nos decidimos a pasear por el Jardín Botánico. Habíamos estado en el mes de mayo en pleno otoño y sus tonos marrones y ahora lo hacíamos en la primavera austral, con sus flores rebosando en cada rincón. Además de enormes árboles (hay una secuoya que nos trae locos por su tamaño y sus incontables ramas), existe una gran variedad de flores, organizadas por tipos: rosas, horquídeas, etc. Es un lugar tranquilo, donde no imaginas que a unos pocos metros de ti hay una ciudad ruidosa, llena de asfalto, polvo de cemento y grúas. Es la mejor manera de decir adiós a Christchurch.


El colorido de las flores y los árboles en el Jardín Botánico de la ciudad
Fuimos a dormir al Coes Ford, nuestra “casa” en esta zona de la isla. Al día siguiente entregaríamos la Jucy y la cambiaríamos por una Wendekreisen mucho mayor para cruzar hasta la Isla Norte.

DÍA 28 DE OCTUBRE: DE CHRISTCHURCH A BLENHEIM


Nos despertamos bien temprano para poner a punto la Jucy para la devolución y recoger la nueva caravana. Nuestra idea era subir hacia Picton y hacer una parada en Kaikoura, pero un inesperado problema nos retrasó. Al llegar a la sede de Jucy y entregar la caravana tuvimos la ocurrencia de decirles que habíamos recibido un golpe involuntario cuando estuvo aparcada en Dunedin. Le entregamos la nota que una persona nos había dejado indicando el número de matrícula del coche que la golpeó, para que así pudieran iniciar acciones legales contra él si lo deseaban. Lo que resultó ser un acto de buena voluntad por nuestra parte acabó con el pago de una multa por haber sufrido un accidente, sea involuntario o no. Pese a que pagamos el seguro a todo riesgo, esta multa (eran 75$) hay que pagarla igualmente. Nos enfadamos mucho, todo hay que decirlo, porque creíamos que salíamos perdiendo por haber sido sinceros al comentarles ese problema, ya que el golpe era casi invisible. 

Después del pequeño “pollo” que montamos (aunque no teníamos razón), la gente de Jucy nos llevó hasta la sede de Wendekreisen, donde recogimos la nueva caravana: un barco de cuatro plazas bastante antiguo y con cambio manual. El porqué del cambio de caravana se debe a que ésta nos salía gratis, literalmente, incluyendo el seguro. Lo encontramos a través de la web Transfercar ("recolocar" coches desde una ciudad a otra) y sólo tuvimos que pagar un día extra por 74$. Ana volvería a conducir de forma manual y con una palanca de cambios que parecía sacada de una fábrica de los años 20. Después de unos momentos de enorme estrés (la caravana se nos calaba cada vez que se pasaba de segunda a tercera), pudimos salir de la ciudad y dirigirnos al norte.

La "Wendy", nuestra compañera los próximos días
Todo la tensión de esos primeros minutos con la “Wendy” (así la llamaríamos) se fueron disipando cuando condujimos por la carretera 1 en dirección norte. Colinas, pequeños bosques y mucho color verde mientras la carretera transcurría de forma paralela al Pacífico. Una vez llegamos a Kaikoura fuimos directos a la colonia de focas en la península, llena de turistas que se hacían las fotos demasiado cerca de estos adorables animales. Está bien verlos con claridad, pero hay que recordar tratar de no molestarlos.

Una adorable foca en Kaikoura
Poco más pudimos hacer en Kaikoura, salvo irnos a buscar un lugar donde dormir. Por los malos hábitos de los usuarios la zona para dormir de Picton estaba cerrada y tendríamos que hacerlo en un lugar al norte de Blenheim, con sólo unas 12 plazas disponibles. Por suerte cuando llegamos, ya de noche, había un par libres y pudimos pasar la noche ahí y hacernos con la nueva caravana, que era casi tan grande como algunos pisos donde hemos vivido. A la mañana siguiente tendríamos el ferry para cruzar a la capital del país y volver, casi siete meses después, a la Isla Norte.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Del corazón de la Isla Sur a la bucólica Península de Banks

Cruzábamos la Isla Sur de Nueva Zelanda desde la West Coast a la ciudad de Christchurch por el famoso Arthur Pass con la vista puesta en la Península de Banks y Akaroa, uno de nuestros lugares favoritos del país. Pero antes teníamos pendiente una parada en un escenario de película y la comida en un famoso lugar de pies.

DÍA 26 DE OCTUBRE: DEL LAGO PEARSON A AKAROA




En el Parque Nacional del Arthur Pass hay tantas cosas por hacer que es muy difícil elegir a qué se dedica el tiempo. Se pueden hacer grandes rutas de varios días, otras de unas pocas horas, unas más difíciles, otras más fáciles, etc. Nosotros habíamos decidido pasar de largo del epicentro del Parque y dedicar las primeras horas de la mañana a un paseo en lo que para nosotros (ruta oeste-este) era el tramo final de la carretera. 

Cogimos un desvío por una carretera de gravilla que llevaba en dirección a la ruta del Hawdon Valley. Esta ruta forma parte de otra mayor que lleva hasta 5 días completarla. Transcurre a lo largo del valle del río Hawdon y la dificultad no es muy alta, aunque nuestro principal objetivo era tener una visión general y en cuanto pisamos el cauce del río y caminamos unos minutos nos dimos la vuelta para seguir con el día. La imagen es la típica de esos ríos neozelandeses nacidos en las faldas de los Alpes: cauces enormes repletos de piedras, ríos con poco caudal y las montañas de fondo. Un paisaje seguro muy distinto a los momentos de crecidas de esos ríos.

Una vista la valle del río Hawdon
Volvimos a tomar la carretera 73 en dirección Christchurch para visitar el Castle Hill, un punto muy turístico destinado a familias y muy popular sobre todo a partir de su aparición en la trilogía de El Hobbit. Habíamos leído en Campermate que en los últimos tiempos había habido varios robos a los coches de los que realizaban la visita, pero al llegar allí nos dimos cuenta que no sería problema ese día. Coincidía con el puente del Día del Trabajo y estaba a rebosar de familias. El paisaje es bastante llamativo, con una colina de verde hierba salpicada por enormes piedras en su cima. Agradable para un paseo, muy fotogénica y lugar ideal para ir con niños o para hacer escalada.



Distintas vistas de Castle Hill y sus curiosas formaciones rocosas
Y antes de encarar el final del día nos paramos en el pequeño pueblo de Sheffield a comer sus famosas pies (o eso dicen ellos), esas empanadas tan británicas y que en este sitio se pueden encontrar de muchos sabores distintos y, todo sea dicho, estaban realmente buenas. No destaca Nueva Zelanda precisamente por su cocina, pero nos mereció la pena la parada.


Las pies de Sheffield, que bien ricas que estaban, con un riesling de Felton Road
La carretera 73 muere a la entrada a Christchurch, la gran ciudad de la Isla Sur, y nosotros teníamos pensado dar un rodeo a la ciudad y entrar a la Península de Banks, ese trozo de tierra adosado que tiene en el Pacífico. Gracias a que hace años fue un antiguo volcán, la península deja un paisaje de incontables colinas, carreteras que suben y bajan y una carretera que la atraviesa hasta el pequeño pueblo de Akaroa. Y también gracias a ese pasado volcánico son muchas las pequeñas rías que hay en sus costas y nosotros decidimos bajar a una para ver cómo es la vida en ese remoto punto del planeta. Cuando muere la carretera encuentras un lugar de retiro idílico, con enormes casas habitadas por gente de apariencia tranquila, sonriente, que no se altera cuando ve aparecer una furgoneta color verde chillón. Frente a sus casas, playas vacías y el océano en plena calma. Es complicado afirmar algo así, pero posiblemente aquel fuera uno de los lugares donde no nos importaría vivir un apacible retiro.



Arriba, vistas de la Península de Banks, abajo la playa de Le Bons Bay
Pero sin duda el punto neurálgico de toda la Península de Banks es el pequeño y afrancesado pueblo de Akaroa. Como explicamos en la entrada donde contamos nuestra primera visita a este rincón de Nueva Zelanda, la llegada en el siglo XIX de colonos franceses a la península desembocó en una petite France muy curiosa. Los carteles de las calles comienzan por Rue y los negocios locales han aprovechado para vender productos franceses a los turistas. Puedes aprovechar para comprar una baguette, comer unos crêpes y beber un café au lait junto a la bahía. Y después del paseo por el pueblo es visita obligada su faro, del siglo XIX y posiblemente su mayor emblema.


Tiendas con decoración francesa y el faro de Akaroa
Así acabó nuestro día, que nació en pleno corazón de los Alpes y acabó junto al mar, dejándonos seducir por el tranquilo oleaje del Pacífico, contemplando la puesta de sol y dándonos cuenta de que hay lugares de este país que te atrapan. Lugares que meses después, puede que años, servirán de refugio imaginativo a los momentos de estrés, idealizados en nuestro recuerdo. Para momentos así cerraremos los ojos y diremos: “Vámonos a la Península de Banks”.

jueves, 15 de septiembre de 2016

El rugir del mar en las Pancake Rocks

En nuestra segunda visita a las Pancake Rocks, al norte de la West Coast de Nueva Zelanda, pudimos disfrutar de una de sus más reconocidas características: los géiseres marinos (o blowholes). Además nuestros días de alquiler de la Jucy iban acabando y debíamos cruzar la Isla Sur de costa a costa a través del paso de montaña más famoso del país, el Arthur Pass y sus keas.

DÍA 25 DE OCTUBRE: DE LAS PANCAKE ROCKS AL LAGO PEARSON


Esta mañana tocaba madrugar si queríamos cumplir con el plan del día y, sobre todo, si queríamos aprovechar la pleamar. El porqué de estar presentes en las Pancake Rocks (traducido como rocas filloas o crepes, por su forma) durante la subida de la marea es bien sencillo. Es durante esas horas cuando es más fácil ver los géiseres marinos (blowholes en inglés) que se producen al penetrar el agua con fuerza entre las rocas. Así, el agua sale disparada a metros de altura como si se tratara del lomo de una ballena. Un atractivo más para un paisaje ya de por sí espectacular.

Nada más abrir las puertas el recinto que lleva hasta las rocas, muy bien acondicionado y con explicación muy detallada de la curiosa formación geológica, aparcábamos la caravana e hicimos una parada en la tienda de recuerdos. Después de una breve lluvia nos dispusimos a ver las Pancake y al agua saltar. Pudimos estar cerca de una hora observando la virulencia con que el mar penetra entre las rocas, formadas a base de finas láminas, una encima de la otra. No siempre se forman géiseres (el término no es exacto, porque no se producen de la misma manera), pero el sonido del mar chocando ya es un disfrute en sí. Y cuando una de esas olas entra de la manera perfecta, ves el agua elevarse varios metros y deshacerse simulando una lluvia. No sólo es la belleza del paisaje, con las extrañas rocas en una zona de acantilados, sino el conjunto de sensaciones: el sonido de las olas, el agua caer difuminada, el rugir del mar. Es curioso que algunas de las formaciones geológicas más curiosas que hemos visto estén en Nueva Zelanda, como estas Pancake Rocks o las piedras redondas de los Moeraki Boulders.


Las Pancake Rocks y los blowholes que se forman cuando sube la marea
El día continuaba y no queríamos demorarnos mucho para poder disfrutar del Arthur Pass con suficiente luz. Debíamos entregar la caravana tres días después y aún nos quedaban cosas que ver cerca de Christchurch. Paramos a ver la portuaria ciudad de Greymouth, otro importante centro minero de esta zona del país. No es muy destacable casi nada salvo algunos edificios antiguos en la zona céntrica que recuerdan cómo debía ser este asentamiento en sus años de esplendor, allá por la segunda mitad del siglo XIX. Eso sí, paramos a comer y disfrutamos de un “desayuno del minero”, con salchichas, huevos, patatas y verdura. Un escándalo.

Esto es el "Desayuno del minero", buena fuente de proteínas
A las afueras de Greymouth, cuando la carretera 7 se dirige a los lagos Nelson, se encuentra el sitio histórico de la mina de Brunner. Dimos con este lugar gracias a una humilde recomendación en la aplicación Campermate y pese a que no contaba en nuestro recorrido, fue una agradable sorpresa, aunque esté basada en un hecho trágico. En esta mina de carbón se produjo en 1896 una explosión que produjo la muerte de 65 trabajadores, hasta la fecha la mayor tragedia laboral en la historia de Nueva Zelanda. El impacto en la zona es fácilmente imaginable. Casi todas las familias tenían a algún miembro trabajando para la mina y muchas de ellas sufrieron de una u otra forma alguna pérdida. Lo que hoy queda, además de los memoriales a la víctimas y multitud de paneles explicativos (una vez más sólo queda admirar cómo se organizan los neozelandeses para compartir su patrimonio), son los restos de los antiguos edificios que formaban todo el complejo, además de un puente restaurado sobre el río Grey. Puede llevarte una media hora la visita y, aunque no es el lugar más espectacular del país, tampoco te irás con la sensación de haber perdido el tiempo.

Restos de la mina abandonada de Brunner
Nada más salir de la antigua mina se puede coger la carretera hacia Moana (pequeño pueble a la orilla del lago Brunner) que enlaza con la carretera 73, o lo que es lo mismo, el Arthur Pass. Aunque la zona más espectacular está al final del paso (empezando por la West Coast), siempre merece la pena hacer una parada en el mirador sobre el viaducto y dejarse embelesar por los keas que por allí andan, paseando bajo los coches o subiéndose a sus techos. A partir de ahí la carretera baja hasta el pueblo y por el camino se puede parar a hacer alguna de las rutas que se proponen. En nuestra anterior visita sí que hicimos un par, pero en esta ocasión paramos a tomar algo en el pueblo antes de ir a dormir al camping junto al lago Pearson.

Los omnipresentes keas en el Arthur Pass
Esta zona de acampada está al final del paso de montaña, en una zona algo menos abrupta y por donde la carretera discurre menos empinada, donde también hay bastantes zonas para poder caminar y donde en nuestra opinión las vistas son más espectaculares. Conduces rodeado de montañas, a veces muy nevadas, pero a la vez la anchísima cuenca del río Waimakariri permite una perspectiva muy fotogénica. 

Pasamos la noche junto al lago Pearson en la caravana, justo un día antes de la visita a la Península de Banks y a Ataroa, a pasear por sus diminutas playas al final de las carreteras que desembocan en las rías de este antiguo volcán. 

lunes, 12 de septiembre de 2016

Donde el agua cambia de color

La ruta por la West Coast de Nueva Zelanda no acaba ni empieza en los glaciares Fox y Franz Josef. De hecho, es al norte de estos donde, para nosotros, están los mayores atractivos de esta zona del país. Aguas que cambian de color en el Hokitika Gorge, bosques de helechos al pie de la carretera y extrañas formaciones rocosas que escupen agua a decenas de metros de altura en las Pancake Rocks.

DÍA 24 DE OCTUBRE: DEL GLACIAR FRANZ JOSEF A LAS PANCAKE ROCKS


En Nueva Zelanda los buenos planes suelen empezar con una caminata bien temprano, da igual si te va a llevar cinco o dos horas. Nosotros teníamos planeado para nuestro segundo día en la West Coast acercarnos a echarle un vistazo al glaciar Franz Josef. Si bien es cierto que no estás demasiado cerca como para apreciar el glaciar en su esplendor, al menos puedes verlo con más claridad que el Fox. Aunque seguimos defendiendo que este último merece más la pena si sólo se quiere optar por uno. La ruta hasta poder llegar al glaciar te llevará aproximadamente una hora y la dificultad es baja (salvo alguna pequeña pendiente), por lo que es habitual que este sea uno de los lugares más visitados de Nueva Zelanda por turistas de todo tipo.

Las vistas del glaciar en su punto más cercano
La visita al glaciar Franz Josef, después de haber visitado el día anterior el Fox, duró el tiempo de realizar las dos horas de ruta. Ya teníamos claro que después de estar en el glaciar Rob Roy, para nosotros el mejor glaciar de los que visitamos en Nueva Zelanda, el Franz Josef sabría a poco, por lo que nos lo tomamos como un paseo de buena mañana a disfrutar del paisaje. Ahora lo que debíamos era seguir en ruta hacia el norte, a nuestro próximo destino: Hokitika.

El pequeño pueblo de Hokitika se convierte en una buena parada a mitad de la West Coast. Dependiendo de si haces la ruta desde el norte o desde el sur, es parada obligada para repostar gasolina, comprar algunos víveres en los supermercados y de paso una visita a sus dos principales atracciones: la garganta del río Hokitika (Hokitika Gorge) y la playa de jade. Según se cuenta no es muy difícil encontrar este mineral mientras se pasea por ella, pero también hay que tener en cuenta que hay que saber cómo es el jade en bruto. Salvo que se quiera gastar horas mirando piedras, lo mejor en la playa de Hokitika es disfrutar de su atardecer y de sus esculturas hechas a base de los troncos que durante años han arribado a su orilla.

La playa de Hokitika no es de arena fina y aguas claras, pero tiene su encanto
En nuestra opinión la garganta que atraviesa el río Hokitika, a casi una hora del núcleo urbano, es la mejor manera de gastar tu tiempo en esta ciudad. La carretera hasta llegar al aparcamiento atraviesa una zona de llanura y casas de campo, granjas de vacas y plantaciones en dirección a las montañas. Una vez allí, una ruta sencilla de una media hora te coloca sobre el río Hokitika para atender al estado de ánimo de sus aguas ese día y por tanto, de su color. Hasta tres tonalidades distintas se pueden apreciar en sus aguas (sí, el agua siempre es transparente, eso lo sabemos) en función del día y la temperatura de ésta: turquesa, gris y azul. La primera vez que lo visitamos, en el mes de abril (el otoño neozelandés) nos tocó disfrutar del gris. En esta ocasión sus aguas eran turquesas. Eso sí, no olvides una cosa: estás en la West Coast y al lado de un río, así que prepárate para estar rodeado de las sandflies y no dar abasto para quitártelas de encima. Es uno de los precios que hay que pagar.


Las aguas del río Hokitika de color turquesa.
Volvimos a la Jucy para continuar el camino hacia el norte. Recorrimos los kilómetros restantes hasta la que sería nuestra próxima parada, las Pancake Rocks, apreciando los enormes helechos abrirse paso al pie de la carretera. Pasamos la noche en el aparcamiento de una ruta de senderismo cercana, sin cobertura de móvil, hasta que a la mañana siguiente nos plantaríamos frente a la que es una de nuestras atracciones favoritas de Nueva Zelanda.

lunes, 29 de agosto de 2016

Las eternas postales de la West Coast

Apurábamos nuestros últimos días en la Isla Sur de Nueva Zelanda y encarábamos la subida de la West Coast recorriendo sus carreteras y parando en los numerosos puntos de interés de esta zona del país. No sólo los famosos glaciares Franz Josef y Fox o las Pancake Rocks dejan preciosas escenas en las retinas o los carretes digitales. Ríos, playas, bosques o acantilados. Y siempre rodeados de sandflies.

DÍA 23 DE OCTUBRE: DEL LAGO WANAKA AL GLACIAR FRANZ JOSEF


La West Coast se puede considerar iniciada una vez sales de Wanaka en dirección norte. Y ojo porque entre Wanaka y los glaciares sólo hay una gasolinera, en Haast, y a un precio bastante por encima de la media. Además, la cobertura de teléfono se pierde en ese tramo, así que conviene prevenirse. Desde que dejas Wanaka vas a dirigirte poco a poco a través del Haast Pass hacia el Mar de Tasmania, dando cuenta de cómo el paisaje comienza a tornarse más tropical y abandonas la vegetación montañosa propia de los Alpes neozelandeses. Las lluvias dejan buena muestra de su presencia en esta zona de la isla y se agradece cuando uno disfruta del paseo en la carretera que une Wanaka y Haast. Una de las paradas obligatorias son las Blue Pools, las piscinas naturales de un agua azul turquesa intenso. El lugar, muy frecuentado por los turistas, es zona habitual de baño incluso en esta época del año, cuando el calor no está precisamente presente.

Continuamos conduciendo hasta Haast, momento en que la carretera vuelve por fin a situarse al pie del inmenso océano. Es el momento en el que se aprecia que se está en la West Coast. Grandes playas de arena se alternan con acantilados de decenas de metros de altura. Al lado contrario, la vegetación, dominada por el omnipresente helecho plateado (el Silver Fern, uno de los símbolos del país), se agolpa en las colinas que poco a poco comienzan a erigirse hasta convertirse en montañas. En este recorrido decidimos parar en dos puntos de interés no demasiado publicitados. El primero fue el Ship Creek, una playa de arena blanca enorme donde a su lado se encuentra una ruta de apenas 20 minutos caminando por el bosque de Swamp. En la desembocadura del río, árboles que nacen en el lecho y helechos se mezclan, dejando una estampa más propia de paisajes amazónicos. El agua se torna de un color rojizo y el cantar de las aves te acompañan, rompiendo el silencio que, pese a estar a pocos metros de la carretera, domina la escena.


La ruta por el bosque de Swamp en el Ship Creek con un helecho a punto de nacer
La carretera de la West Coast se puede dividir en tres zonas: dos de ellas discurren junto al mar y otra se adentra en los Alpes hasta los glaciares Fox y Franz Josef. Poco antes de que esto ocurra si se parte desde Wanaka se puede hacer una parada en el Knights Point, un mirador con un paisaje que no por habitual en el país deja de ser atractivo para el que pasa junto a él. Como suele ocurrir en Nueva Zelanda, puede que no sea nada que no hayas visto antes, pero casi de manera automática tienes la inexplicable necesidad de parar y echar un vistazo a los acantilados, las enormes rocas que parecen haber caído al océano y la fuerza del mar chocando contra ellas, empujada por el viento. Si aún se quiere hacer una parada más antes de pasar al paisaje montañoso se puede optar por la playa de Bruce Bay. En esta bahía predomina el color blanco de las rocas de cuarzo que los turistas aprovechan para colocar de forma apilada. O también para dejar sus mensajes, románticos la mayoría de ellos, escritos sobre su superficie. Se ha convertido en una atracción para muchas parejas que viajan por el país (hay muchas lunes de miel atravesando Nueva Zelanda) y llenan sus cuentas de redes sociales de fotografías con sus nombres en las rocas.


Las vistas del mirador del Knights Point y los mensajes en las rocas de cuarzo en Bruce Bay
Para terminar el día nos tocaba la visita al Glaciar Fox. Como ya escribimos en un artículo anterior, si hay que elegir uno de los glaciares es mejor que sea el Fox, sobre todo por el paisaje. Y por supuesto que nadie espere caminar por un enorme glaciar en total soledad. Pero si dejas a un lado las elevadas expectativas puedes disfrutar de una caminata agradable y sencilla con bonitas vistas a tu alrededor y aprender que el cambio climático, ese que muchos niegan, ha hecho reducir cientos de metros en las últimas décadas el tamaño del glaciar. Como siempre decimos, para visitantes nivel usuario de glaciares no tiene porque ser decepcionante.


El Glaciar Fox y la ruta que lleva hasta él
Para dormir elegimos el único lugar gratuito en la zona para vehículos self-contained, el Doherty Creek. Antes paramos en el pueblo de Franz Josef, muy ambientado, y cenamos en uno de los restaurantes gracias a que la tía de Ana nos invitó. Un lugar muy agradable, decorado al estilo alpino, donde la carrillada de ternera es un escándalo. Al día siguiente continuaríamos nuestra ruta por la West Coast neozelandesa ampliando paisajes, guardando escenas.

lunes, 15 de agosto de 2016

El mejor glaciar de Nueva Zelanda

Uno de los lugares más concurridos en lo que a turismo se refiere en Nueva Zelanda es la zona de los glaciares Fox y Franz Josef, pero para nosotros existe otro glaciar más espectacular y mucho menos saturado: el glaciar Rob Roy. Dejábamos Fiordland para adentrarnos en el Parque Nacional del Monte Aspiring y huimos de Queenstown para disfrutar de la mucho más tranquila Wanaka.

DÍA 20 DE OCTUBRE: DEL LAGO WAKATIPU A WANAKA


La noche anterior Ana condujo desde el Milford Sound hasta una zona de acampada a unos 20 minutos al sur de Queenstown a la orilla del lago Wakatipu. Habíamos llegado con la noche cerrada y no imaginábamos que al despertar lo haríamos ante unas vistas espectaculares. En Nueva Zelanda por suerte abundan estos lugares, pero eso no impidió que nuestro desayuno aquella mañana fuera algo más lento de lo habitual. El plan del día era pasear por Queenstown, visitar Arrowtown y llegar hasta Wanaka.

Nuestras vistas para desayunar
El paseo por Queenstown, la capital del turismo en Nueva Zelanda, no difirió mucho de lo que habíamos hecho días anteriores: caminar por sus calles atestadas de turistas, visitar tiendas y poco más. La única nota diferente fue probar los helados de la cadena de chocolaterías Patagonia, que sí que merecen la pena (hay otra en Wanaka y Arrowtown). Apenas un par de horas después de haber llegado estábamos saliendo en dirección a Wanaka.

Antes hicimos una parada en Arrowtown. Esta antigua ciudad minera destaca por dos cosas: la primera es por mantener un centro histórico al estilo de los días de gloria de este asentamiento, cuando la gente se agolpaba en las orillas del río Arrow en busca de oro. Hoy día ese centro histórico está a reventar de turistas, la mayoría de ellos chinos que quieren visitar los restos del poblado minero de sus compatriotas, todos ellos llenando las tiendas y cafeterías que restan encanto a lo que puede ser un lugar tranquillo para pasear. Sobre todo porque en sus alrededores está el segundo encanto de la ciudad: las montañas que rodean al valle, con sus diferentes tonos de colores en función del momento del año. Esta vez en plena primavera primaba el verde intenso, pero en los meses de abril y mayo el amarillo y naranja propio del otoño es el protagonista de una estampa preciosa.

Los alrededores de Arrowntown
Una vez terminamos en Arrowtown condujimos hasta Wanaka por la carretera que atraviesa el Crown Range y llega hasta Cardrona, también con edificios de la fiebre del oro como principal reclamo (además de las estaciones de esquí). Nuestra idea en Wanaka era dormir en el aparcamiento del lago Diamond y subir a la cima de la Rocky Mountain, desde donde se ven unas vistas preciosas de los alrededores de la ciudad y de los picos nevados del Parque Nacional. Esta ruta lleva alrededor de unas tres horas ida y vuelta y en algunas zonas aumenta la dificultad. No es una ruta difícil, pero si llegas con poca preparación o algún problema físico puede costar. Una vez arriba las vistas merecen la pena. Bajamos al aparcamiento y ahí pasamos la noche.

Las vistas desde lo más alto de la Rocky Mountain
DÍA 21 DE OCTUBRE: WANAKA

El día siguiente estaba reservado al relax, el descanso y las obligaciones con la higiene. De camino al pueblo paramos en el viñedo Rippon a una cata de vinos gratuitas, del que nuestros compañeros en Felton Road nos habían hablado muy bien, especialmente por las vistas. Una vez allí compramos una botella de Riesling y fuimos hasta Wanaka, un pueblo que nos encanta ya que aún mantiene la tranquilidad que le falta a Queenstown, aunque con suficiente oferta de ocio y un entorno que nada tiene que envidiarle. Tras la comida paseamos por la orilla del lago y fuimos a ducharnos a las duchas de la gasolinera Caltex (1 NZD por cada minuto), tomamos algo en la cafetería Alchemy y de ahí a dormir. Al día siguiente nos esperaba un buen día y había que llevar los músculos relajados.

DÍA 22: ROB ROY GLACIER Y AL LAGO WANAKA


Si se continúa la carretera que lleva al lago Diamond se llega a la estación de esquí del Treble Cone. Ahí comienza una carretera sin asfaltar que te adentra en el valle del impronunciable río Matukituki. En un comienzo la carretera es sencilla, pero a partir de un punto comienza los pequeños riachuelos a invadir la “calzada”. Si no ha habido lluvias abundantes o mucho deshielo estos ríos se pueden atravesar con coches o furgonetas (la Jucy pudo), aunque hay que andar con ojo. No es sólo un arroyo o dos, sino varios, así que hay que medir bien las posibilidades de cada vehículo.

Así luce el camino que te lleva hasta el inicio de la ruta
 La carretera que te lleva hasta el último aparcamiento es un auténtico espectáculo. Notas que estás dejando atrás todo y te internas en mitad de un Parque Nacional, rodeado de montañas que superan los dos mil metros, con sus picos nevados, y conduces junto a un río helado y con la atenta mirada de ovejas, vacas y ciervos. Cuando la carretera se acaba tienes varias rutas de senderismo para realizar. Algunas de ellas requieren de varios días de caminata y tener que dormir en refugios o tiendas, pero nosotros teníamos la idea de visitar el glaciar Rob Roy.

Momento inicial de la ruta, antes de empezar a ponerse cuesta arriba
La ruta hasta el glaciar lleva aproximadamente hora y media o dos horas con dificultad media-alta. Es una subida continua en la mayor parte del trayecto, caminando de forma paralela a un río de fuertes corrientes hasta llegar al final, con la impresionante vista del glaciar (se ve desde lejos, como suele pasar) encajado en una montaña nevada. Para nosotros tanto el camino como las vistas del glaciar superan en mucho a los famosos glaciares Fox y Franz Josef y además no está tan saturado, sobre todo porque el camino es bastante más complicado.

Las vistas desde el final de la ruta
Iniciamos el camino de vuelta cuando tras nosotros oímos un fuerte rugido. Al girarnos descubrimos que parte de la nieve acumulada en una de las montañas caía en una suerte de pequeña avalancha, muy lejos de nosotros, y disfrutamos de otro nuevo momento en nuestra vida: nuestra primera “avalancha” de nieve. Continuamos la bajada hasta el aparcamiento, parando en algunos momentos a disfrutar de la vista y a respirar profundamente el aire puro y limpio de estos rincones del planeta. Al final hicimos la ruta en unas seis horas con parada larga para comer con vistas al glaciar.

Sí, no es una avalancha como para una película, pero nos pareció espectacular
Nuestros días en Wanaka habían terminado y nos dirigíamos hacia la West Coast. Pasamos la noche en una zona de acampada a la orilla del lago Wanaka, con un bello atardecer, para seguir al día siguiente viendo glaciares.

El anochecer a las afueras de Wanaka