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lunes, 20 de febrero de 2017

Nueva York (IV): Día de puentes y rascacielos icónicos

Después del fin de semana volvíamos movernos por los barrios con más vida de la ciudad. La ruta para este día nos iba a llevar a salir por primera vez de Manhattan, a Brooklyn, y subiríamos por la zona este de la isla. Y visitaríamos tres de los emblemas de esta ciudad: el puente de Brooklyn, el edificio Flatiron y el Empire State.

DÍA 16 DE ENERO: DUMBO, CHINATOWN, LITTLE ITALY Y NOHO

Nuestro día iba a comenzar en el barrio de Brooklyn, para lo cual nos teníamos que desplazar en metro. Habíamos pensado en realizar un truco para ver la antigua estación abandonada de ‘City Hall’, que sólo es visitable si te haces socio del ‘Museo de Transportes’ y pagas una entrada de 50$, según habíamos leído. La línea 6 de metro acaba en la estación de ‘Brooklyn Bridge’ y ahí todos los pasajeros deben bajarse, siguiendo el tren vacío para dar la vuelta, pasando por esta bonita estación, ya en desuso. El truco consiste en quedarte dentro del tren, escondido, y permanecer dentro mientras da la vuelta, pudiendo ver la estación. Otra opción es preguntar a los conductores si puedes quedarte para verla, pero nosotros no somos capaces de la primera y nos daba vergüenza la segunda, pero ahí dejamos el consejo.

Cruzamos a Brooklyn en la línea 5 del metro y nos fuimos a visitar el barrio de Dumbo, siglas de Down Under the Manhattan Bridge Overpass (‘Bajo el paso del puente de Manhattan’, en castellano), una zona de moda a este lado del río East. No sólo tienes unas vistas maravillosas e icónicas del puente de Manhattan, sino que en los bajos de sus edificios están proliferando cafeterías, galerías de arte y tiendas de ropa. Uno más de los barrios rehabilitados de la ciudad que cada vez está recibiendo a más turistas.

La más famosa imagen del barrio de Dumbo: puente de Manhattan y Empire State
En la zona más occidental de Dumbo se encuentra el puente de Brooklyn, uno de los símbolos de la ciudad, y a orillas del río East, a esa hora de la mañana, se encuentran las mejores vistas del puente. Pudimos disfrutar de un buen rato fotografiándolo (que en persona parece más corto, pero no pierde un ápice de majestuosidad) y sentados apreciando las vistas. El único pero al puente de Brooklyn es que, para subir a él y volver caminando a Manhattan, hay que andar una media hora, así que allá fuimos.

Las vistas del puente de Brooklyn y, al fondo, Manhattan
Volvimos caminando, a paso calmado. Apreciamos que en dirección Manhattan apenas éramos un puñado de turistas, y no fue hasta la zona de la mitad del puente que nos empezamos a cruzar de cara con los que los andaban en la dirección opuesta. Esto nos permitió tener tiempo suficiente para hacer todas las fotos que quisiéramos sin que en ellas salieran decenas de personas. Por cosas así nos encanta viajar fuera de las temporadas altas: poder sentarte en el suelo del puente de Brooklyn y hacer una foto casi en solitario.

Con el puente casi vacío para poder tomar fotos con tranquilidad
Estábamos de vuelta a Manhattan y sólo nos quedaba pasear. Para dirigirnos al norte nos marcamos una ruta que atravesaría algunos de los barrios más característicos de la ciudad. A la entrada de Chinatown, donde en un momento se ubicó el barrio de Five Points (famoso por la película ‘Gangs of New York’) está el cementerio más antiguo de la ciudad, donde hay enterrados judíos españoles y portugueses y que data del siglo XVII. Luego atravesamos Chinatown, que a diferencia de otros barrios chinos que hemos visitado, sí que te trasladaba a China. Infinidad de tiendas, un tráfico caótico y, como es lógico chinos por todas partes (y muchos turistas).



El cementerio más antiguo de Nueva York (arriba) y carteles en Chinatown
Sin darnos cuenta estábamos en Little Italy, que cada vez tiene más de Little (pequeño) y menos de Italy (Italia). Aun así todavía sus calles están llenas de señales de esa gran comunidad que un día dio vida a este barrio. Restaurantes y cafeterías italianas, banderas tricolores… Toda esta zona de la ciudad resulta un paseo agradable. Es cierto que ha quedado relegado a una zona turística, donde muchos visitantes pasean y acaban comiendo o cenando en sus restaurantes y comprando en sus tiendas, y la mayoría de italianos se han dispersado por otros barrios neoyorquinos ante los cada vez más elevados alquileres.

Quedan pocos signos de la clásica Little Italy
Nuestro camino seguía hacia el norte y de repente ya pisábamos el NoHo. Aquí volvíamos al ambiente que vivimos unos días antes paseando por SoHo o West Village: cafés modernos, galerías de arte, tiendas de ropa… Otra vez teníamos Broadway muy cerca y de vez en cuando nos acercábamos a ver sus edificios, tan enormes y diseñados con tanto gusto. Llegamos al Madison Square Park, donde se encuentra el edificio Flatiron. A mucha gente ese nombre tal vez no le dice tanto como el de otros edificios de la ciudad, pero todos lo reconoceréis como ese rascacielos muy fino de Nueva York. El Flatiron hace esquina entre Broadway y la Quinta Avenida y resulta una rara avis en esa zona de la ciudad, donde todos las edificaciones son macizas, ocupando mucha anchura y tratando de impresionar a los viandantes. El Flatiron es un edificio humilde y bello, nada pretencioso. Y tal vez por eso y por su originalidad ha llegado a ser uno de los lugares más fotografiados de Nueva York.



El edificio Flatiron, el más original rascacielos de Nueva York
No mucho más arriba del Flatiron está el coloso de la ciudad, el Empire State. Como ocurre con casi todos los rascacielos del mundo, cuando más te acerques peor lo verás. No subimos al observatorio porque decidimos hacerlo al Top of the Rock y seguimos considerando que fue la mejor decisión. La mejor manera de ver el Empire State es desde ese observatorio, pero si no puedes subir lo mejor es caminar por la calle 34 hacia el Madison Square Garden/Penn Station. Una vez hayas andado unos cuantos metros gira tu mirada y verás esta icónica silueta. Merece la pena.

El Empire State desde la calle 34
Este lunes era festivo por celebrarse el Día de Martin Luther King, así que los Knicks jugaron en jornada de mediodía, por lo que llegamos al Madison poco después de haber terminado el partido. Hay que decir que Alejandro es un amante de la NBA (de hecho, periodista de la NBA había sido su profesión antes de salir de España), pero las entradas para un partido de los Knicks son excesivamente caras. La más barata para los partidos de esta semana costaban 70$ cada uno, mucho más de lo que estamos dispuestos a pagar. Mucha gente va a Nueva York y ve un partido NBA incluso sin que le guste, de ahí que las entradas estén a precios de turista, y no queríamos sobrepagar un producto. Ya tendremos oportunidad de ver partidos NBA cuando viajemos por Estados Unidos a precios mucho más bajos.

Mural situado a la entrada del Madison
Aquí acababa nuestro día. Nueva York nos permitía haber disfrutado, en bastante soledad, de algunos de los emblemas de la ciudad. No nos queríamos imaginar cómo debía ser caminar por el puente de Brooklyn a rebosar de gente, casi sin espacio, evitando golpes y molestando a los ciclistas. El paseo por esta ciudad a veces puede resultar calmado, relajado, con tiempo incluso para tomar un café en un moderno bar del NoHo. Hay que dejar que Nueva York vaya entrando en ti.

Puedes leer todas nuestras entradas de Nueva York en este enlace.

lunes, 13 de febrero de 2017

Nueva York (III): Un paseo reflexivo por Central Park

Nuestro tercer día en Nueva York nos llevaría a recorrer las pequeñas colinas de Central Park completamente cubiertas de nieve después de haber disfrutado en Harlem del calor local de una pequeña iglesia en una misa góspel. Y para terminar, la visita al Museo de Historia Natural, donde cumplimos el sueño de ver los restos de nuestros admirados dinosaurios

DÍA 15 DE ENERO: HARLEM, CENTRAL PARK Y MUSEO DE Hª NATURAL

Los domingos son días de descanso, de paseo y para mucha gente, de misa. Para nosotros la parte religiosa y espiritual de una misa no nos llama, pero sí que lo hacía el poder visitar alguna iglesia del barrio de Harlem y disfrutar de las famosas canciones góspel. Por eso madrugamos y nos movimos hasta este barrio del norte de Manhattan, justo encima de Central Park, a la First Corinthians Baptist Church. Llegamos algo tarde y sólo pudimos asistir a la parte final de la música con la que empiezan estos actos religiosos, pero decidimos quedarnos hasta el final y conocer cómo viven su religiosidad los asistentes a la misa. La iglesia es como un teatro (de hecho, posiblemente fuera un antiguo teatro viendo su estructura) y todos los asistentes eran de raza negra, excepto una decena de turistas. Nos gustó que el discurso del pastor fuera más allá de lo puramente religioso: hablaba de encontrarte a ti mismo, de confiar en ti, de creer en ti. No hemos asistido a muchas misas católicas, pero nuestra breve experiencia nos decía que a veces escuchar un discurso religioso, sin necesariamente nombrar a ningún dios, podía ser motivacional para mucha gente. Más aún en un barrio como ese.

Interior de la iglesia de Harlem
Salimos de la misa con la sensación de haber formado parte por un tiempo de una comunidad local donde todos se conocían. Por supuesto en esta iglesia saben que asisten turistas, pero a diferencia de otras no te colocan en una zona alta alejada del resto. Estuvimos mezclados con ellos, nos cogimos de la mano, nos abrazamos, les teníamos cerca. Puede resultar una experiencia interesante para un domingo por la mañana neoyorquino. Fuimos a desayunar y caminamos hasta el inicio norte de Central Park, donde aún permanecía la nieve que había caído la noche anterior. Central Park es un parque enorme pero es más pequeño de lo que uno imagina antes de venir a Nueva York. Recorrerlo de este a oeste puede llevar unos pocos minutos y hacerlo de norte a sur algo más de una hora. Mucha gente alquila bicicletas, pero a nosotros nos parecía más atractivo hacerlo a pie. Es cierto que hay varios hitos visitables en el parque (sobre todo estatuas) y que en invierno el gran llano de césped central está cerrado, pero lo mejor es dejarse llevar y caminar. 


Distintas imágenes de Central Park
Si comienzas tu paseo desde el norte y bien temprano irás notando que quienes te rodean van variando a medida que avanza la mañana y tú te bajas al sur. Al principio sólo veíamos gente local paseando, con sus perros, corriendo o en bicicleta. Apenas distinguimos a algunos turistas, que al igual que nosotros trataban de disimular su estatus. Era imprescindible para nosotros disfrutar de Central Park como lo haría un neoyorquino un domingo por la mañana. Visitas lagos, pequeños bosques, te cruzas con ardillas y aves, paras a hacer una fotografía a alguno de los edificios que rodean al parque… Pero a medidas que vas llegando al límite sur comienzan a aparecer las masificaciones de personas. Turistas en bicicleta, patinando y la tranquilidad se llena de ruido y gritos. Sigue siendo una estampa preciosa, pero has perdido esa sensación de soledad que tenías una hora antes.



La estatua de 'Alicia en el País de las Maravillas' y el extremo sur del parque
Decidimos acercarnos a la Grand Army Plaza, junto al famoso hotel Plaza, y conectarnos al wifi. Volvimos a entrar en Central Park para llegar hasta el pie del edificio Dakota, donde han residido tantos mitos de Hollywood (Lauren Bacall, José Ferrer, Judy Garland, etc). Y también donde vivió John Lennon, al que asesinaron a unas decenas de metros del edificio. Visitamos la famosa inscripción con la palabra “Imagine”, donde no falta algún músico callejero haciendo sonar a los Beatles, para deleite de los presentes. Mostramos nuestros respetos al genio de la música, que escribió que imagináramos que no hubiera nada por lo que matar o morir, ni tampoco religiones. Un mensaje que debería oírse más en un mundo como el que nos ha tocado vivir.

Homenaje a John Lennon en el lugar de su asesinato
Nuestra siguiente parada también tenía un toque cinéfilo: el Gray’s Papaya. Al parecer esta cadena de perritos calientes lleva años en decadencia, pero nos apetecía probar eso que volvía loco al personaje de Matthew Perry en la película “Fools rush in” (“Sólo los tontos se enamoran” en España). La verdad es que nos merecía la pena moveros hasta allí para probarlos, aunque si comes sólo uno te quedarás con hambre.


Los perritos del Gray's Papaya
Una vez saciada nuestra hambre nos fuimos al Museo de Historia Natural, en el borde occidental de Central Park y muy cerca del Dakota. La entrada, al igual que el Met, va a donación, por lo que pagamos 10$ cada uno. El museo merece al menos unas tres horas de visita calmada. A diferencia del Met o el MoMA, todo el mobiliario y la propia decoración dan sensación de que necesitan una mejora o modernización. Lo más espectacular sin duda es la planta de los animales prehistóricos, empezando por una recreación del esqueleto del Titanosaurio, el hasta ahora considerado dinosaurio más grande que existió. Pero además se pueden ver fósiles y recreaciones de otros tan famosos como el Tiranosaurio, Diplodocus, Stegosaurio, Triceratops, etc. Para los que os enamoraron estos animales en vuestra infancia este será un lugar para soñar y dejarse llevar por la ilusión recorriendo sus salas.



Un Stegosaurio y un Tiranosaurio en el Museo de Hª Natural
El día acababa y nos decidimos a darle una segunda oportunidad a Times Square. Ya sabíamos que el cambio entre el día y la noche sería espectacular y es la mejor manera de apreciar la magnificencia del lugar. Y efectivamente, así es. Luces por todas partes, innumerables anuncios y también una sensación de agobio constante. Es un lugar exageradamente masificado de personas, donde andar se hace a veces una tarea casi imposible, y sientes que estás en el epicentro del consumismo. Un reclamo constante a comprar y a consumir, con miles de personas que pasean sólo con su mirada en alto para apreciar los neones y las luces de las pantallas. Times Square tiene el encanto de los lugares mitificados, de saber que estás en ese punto del planeta que cualquier persona reconocería de un simple vistazo. Pero a la vez cada segundo que pasas allí te aleja más de él y te hace pensar en esos pequeños momentos en que has disfrutado de la soledad de Nueva York.

Times Square en todo su esplendor
Acababa un domingo en Nueva York. Las palabras de aquel pastor de una iglesia de Harlem nos resonaban a la vez que lo hacían los acordes y los versos de “Imagine”. Estábamos en la vorágine de la capital del mundo y aún teníamos tiempo para la reflexión. Al día siguiente volveríamos al ajetreo del día a día y por primera vez saldríamos de Manhattan, a pisotear a un símbolo de la ciudad.

Puedes leer todas nuestras entradas de Nueva York en este enlace.


lunes, 6 de febrero de 2017

Nueva York (II): La cara más moderna y cultural

Nuestro segundo día de visita a Nueva York iba a tener un componente puramente cultural. No sólo porque acabaría en el Museo de Arte Metropolitano (el Met), sino porque atravesaríamos algunos de los barrios más de moda de la ciudad: Chelsea, Greenwich Village, el SoHo y TriBeCa, cuna de muchos artistas y plagados de galerías de arte. Y como punto de partido, el parque más curioso de la ciudad.

DÍA 14 DE ENERO: ZONA OESTE DEL BAJO MANHATTAN Y EL MET

Como era sábado habíamos planeado pasear por algunos de los barrios más bohemios de Nueva York, donde no importa si hay actividad laboral (como ocurre en el distrito financiero) porque sus tiendas, galerías y cafés siempre van a estar a rebosar de gente. Y para ello comenzamos desde un curioso parque, el High Line. Inaugurado hace pocos años, este camino recorre una antigua vía de ferrocarril elevada que unía los almacenes del barrio de Chelsea y el distrito del Meatpacking con uno de los muelles, situado en el barrio de Hudson Yards (a espaldas del Madison en dirección al río Hudson), hoy en profunda restauración y modernización (rascacielos de cristal, para entendernos). La ruta te va dando distintas perspectivas de la ciudad, con vistas al río y a muchos de los edificios más singulares de Nueva York, mientras por el camino puedes parar a tomar un café, ver alguna galería de arte o cruzarte con una escultura de un tío en calzoncillos. Si la inicias desde el norte el camino va ganando a lo largo que avanzas, con secciones mejor cuidadas. Por eso recomendamos empezar desde el norte: atraviesas la esencia de lo que era el High Line en el siglo XX y acabas en la zona más restaurada y turística.


El paseo por High Line, con el tipo en gallumbos incluido
Además, muy cerca del final del High Line (puedes bajar de la plataforma siempre que quieras, faltaría menos) se encuentra el Mercado de Chelsea. Siguiendo la moda de los últimos años en muchas ciudades, el antiguo mercado del barrio se restauró en 1997 y se colocaron tiendas modernas y cafés y restaurantes gourmets, convirtiéndolo en un lugar ideal para pasear, aunque no tanto para consumir. Nos gustó la decoración y la esencia del lugar, que por suerte no ha sido transformado tan abruptamente y aún mantiene la estructura de antiguo almacén.

Un típico bar del Mercado de Chelsea
El resto de la visita al barrio de Chelsea y su vecino West Village transcurrió de manera calmada, sosegada, con la mirada siempre alta, apreciando la estructura de los edificios clásicos de esta zona de la ciudad. Edificios muchos de ellos de ladrillo rojo, con sus aparatosas y fotogénicas escaleras de incendios, de media altura, sin nada que rompa la esencia del barrio. Por esta zona no abundan las tiendas de grandes marcas (todavía) y en algunos parques aparecen pequeños mercados de comida y productos artesanos. Muy pocos somos los que nos cruzamos cámara en mano, salvo al llegar a un lugar concreto: la esquina entre las calles Grove y Bredford, adonde hemos venido todos a fotografiar un edifico en concreto, el de la serie 'Friends'. Millones de friendsmaníacos vienen a este punto de la ciudad a fotografiarse con el lugar donde vivían sus amigos ficticios. Y como somos muy fans de esa serie (pero mucho mucho), no podíamos ser menos. Eso sí, echamos de menos alguna placa que hiciera referencia a este hecho que es parte de la historia de la televisión.





Edificios del barrio de Chelsea y abajo el de la serie 'Friends'
Cruzamos del West Village a Greenwich Village junto al parque de Washington Square y su famoso arco, paramos a ver el Triángulo de Hess, la propiedad privada más pequeña de la ciudad, y continuamos caminando hacia el SoHo. En esta zona, al sur de la calle Houston, los edificios se vuelven cada vez más espectaculares. A diferencia de Chelsea, aquí el consumismo globalizado sí ha llegado. Que la avenida Broadway sea uno de sus límites ayuda mucho. Pierdes la esencia de barrio, del neoyorquino paseando al perro, pero ganas en la belleza de sus calles, con edificios monumentales, algunos maravillas de la arquitectura, en ambas aceras. Merece la pena alternar Broadway, mucho más majestuosa, con otras pequeñas calles del SoHo, más recogidas, con más personalidad. Nos daban ganas de andar en círculo, recorriendo cada manzana, cada calle, pasear sin fin, mirar los edificios, con sus fachadas ornamentadas. 




El Triángulo de Hess y algunos edificios del Soho y Broadway
Continuamos hasta TriBeCa, el último barrio de moda entre el famoseo neoyorquino. Mucho más calmada que SoHo, pero también por explotar. Aún quedan rastros de lo que fue el barrio y los edificios no tienen la belleza de su vecino barrio del norte. Ahí se encuentra el edificio que servía de cuartel general a los 'Cazafantamas', pero nos pilló en obras. Comenzaba a nevar y nuestra actividad del día quedaba a bastantes paradas de metro hacia el norte, lo cual nos despertó una idea. Nos subimos a la línea C y allá que fuimos. Esto había que aprovecharlo.

Cuando bajamos en la parada del Museo de Historia Natural la nevada ya era bastante potente. Esta tarde-noche la habíamos reservado para visitar el Museo Metropolitano de Arte, el Met, que los viernes y sábado cierra a las 21 horas, por lo que no tendríamos que renunciar a horas de luz que aprovecharíamos en ver la ciudad. Decidimos dejar la zona de TriBeCa y SoHo antes de tiempo para hacer una primera visita a Central Park, que con toda la nieve que caía comenzaba a tomar un tono blanco espectacular. Lo atravesamos de oeste a este, con parada en el Castillo de Belvedere, en el centro del parque, y paseamos por sus calles, nos sentamos en los bancos, fotografiamos preciosos pájaros de un rojo intenso… Será que aún no nos hemos acostumbrado a la nieve y nos sigue pareciendo algo maravilloso, de un mundo ajeno al nuestro, pero aporta una belleza singular a un lugar que puede que sin esa manta blanca no tuviera. Para nosotros Central Park nevado fue una experiencia única.




Imágenes de Central Park nevado
Hubiéramos pasado horas en aquel enorme parque, pero al día siguiente volveríamos y confiábamos en que aún quedara nieve suficiente, así que nos dirigimos al Met. Nos quedaban unas cuatro horas y media antes de que cerrara para disfrutar de todo lo que ofrece este museo. ¡Pero no pensábamos que fuera tanto! Pagamos nuestra entrada (es a voluntad y nosotros dimos 10$ por cabeza) y desde la primera sala comprendes que vas a estar un buen rato ahí dentro. Piezas de todas las épocas de cada rincón del mundo en cada esquina, cada pequeña sala. Hay escultura, pintura, armas, artilugios, vestidos, recreación de lugares. Hay arte asiático, europeo, americano, africano. Es imposible abarcar en un único día todo lo que se puede ver. Nosotros llegamos a equipararlo a un parque temático del arte mundial. Pasas de una sala llena de arte africano y te sumerges dentro de un patio de un castillo andaluz. Esto también despertó en nosotros otra reflexión: hasta qué punto ese etnocentrismo del que pecamos los europeos nos ciega y nos creemos poseedores del arte mundial. Es una maravilla que bien merece cualquier entrada que se pague y nuestras cuatro horas casi no fueron suficiente.



El Met, con el patio del Castillo de Velez-Rubio (abajo)
Salimos del museo apabullados por todo lo que habíamos visto y anduvimos hasta la parada de metro que nos llevaba de nuevo al hotel. Cenamos y nos fuimos a dormir con la sensación de que mucha gente asocia a esta ciudad con el consumismo, con una visión muy artificial de lo que es. Nueva York, mucho más que compras, luces de neón y rascacielos de cristal, es puro arte. Al día siguiente tendríamos una visita mucho más espiritual y calmada.

Puedes leer todas nuestras entradas de Nueva York en este enlace.


lunes, 30 de enero de 2017

Nueva York (I): ¿Tan pronto nos atrapas?

Elegir Nueva York como una escala antes de volver a Canadá. Así fue como decidimos viajar a esta ciudad después de pasar las Navidades en casa. Y desde el primer día caímos rendidos ante la imponencia de los rascacielos, el ambiente de sus calles, el color de su noche, su cultura… Nueva York nos iba a deparar ocho días maravillosos bajo el frío de enero.

DÍA 12 Y 13 DE ENERO: DE MADRID A NUEVA YORK Y VISITA AL MIDTOWN

Abandonábamos el aeropuerto de Barajas bien temprano y aterrizábamos en el JFK a las 20 horas, previa escala en Oslo. Después de dudar si ir en metro hasta nuestro hotel o hacerlo en un microbús (shuttle), optamos por la primera, mucho más económica aunque algo más lenta. La verdad es que el hecho de llegar con noche cerrada a una ciudad que no conoces y con cierta fama de peligrosa (luego veríamos que nada de eso), hace que puedas caer en la tentación de pagar más del doble. Sin ningún tipo de problemas, más allá del sueño y el cansancio, llegábamos al hotel Pod 51, el más económico que habíamos encontrado que cumpliera con nuestros requisitos: cercanía a los puntos que visitaríamos y con un calidad mínima.

A la mañana nos despertábamos frescos y prestos a conocer una ciudad que piensas que conoces. Nueva York es la ciudad eternamente reflejada en cine y televisión. Antes de llegar piensas que casi nada te va a sorprender, que eso ya lo has visto muchas veces. Pero sí que sorprende. Todos los tópicos que conozcas sobre Nueva York, todos los lugares comunes que te hayan podido contar, van a adquirir mayor fuerza cuando pises su asfalto y lo veas, oigas y sientas por ti mismo.

Paseamos por el Midtown, la zona media de la isla de Manhattan, con destino a la isla Roosevelt, en mitad del río East. Allí se puede acceder en un teleférico incluido en el sistema de transportes de la ciudad, por lo que su coste es similar al de un billete de metro (2,25$). Aquí pudimos empezar a apreciar el valor de venir fuera de las temporadas de mayor afluencia de turistas: en la cabina íbamos seis personas. En el trayecto, que no llega a los cinco minutos, se aprecian las primeras vistas del perfil de Manhattan y sobrevuelas el puente Ed Koch. Muchos turistas se quedan con esa parte del trayecto, bajan del teleférico y vuelven a subir, pero la isla Roosevelt esconde algo más. En su lado sur se alza un antiguo hospital abandonado junto a un parque, un rincón curioso teniendo en cuenta que cruzando el río apenas queda espacio para construir. Allí pudimos disfrutar de una vista maravillosa de Manhattan en plena tranquilidad, sólo molestados por unos amigos que nos acompañarían el resto del viaje.


Vistas desde el Parque Roosevelt (arriba y centro) y una ardilla fisgona.
Volvíamos paseando hacía el teleférico con la brisa fría en el rostro. Llevábamos unas horas y notábamos que la ciudad nos iba poco a poco ganando. Volvíamos a cruzar el río, pero ahora lo hacíamos en una cabina mucho más llena. Los habitantes de esta pequeña isla residencial cruzaban para llegar a su trabajo, con sus enormes vasos de café, sus periódicos, libros, oyendo música... Nueva York tenía vida y mucha. Nosotros, en nuestro papel de turistas, fotografiábamos las vistas.

El teleférico de la isla Roosevelt.
Días antes de llegar a Nueva York habíamos planeado una ruta que incluía cada día una visita a un barrio y a alguna actividad o museo. Hoy nos encontraríamos con algunos de los lugares más emblemáticos. El edificio Chrysler, que ya habíamos visto desde el parque mientras una ardilla nos rodeaba, y su forma tan característica; Grand Central, la estación fotogénica, con su ir y venir constante, el bullicio y las cristaleras que dejan entrar la luz del sol con un color diferente. Bryant Park y la biblioteca pública que allí hay, con sus estanterías de madera refinada. Fuimos a Times Square y nos marchamos defraudados. De día es un espejismo de lo que ofrece al caer la noche. Paramos en el Rockfeller Center, ya sin árbol de Navidad pero con su pista de hielo, minúscula para lo que pensamos, y llegábamos hasta la Catedral de San Patricio. Comimos sentados en un banco de la calle algo de comida árabe, pero podría haber sido latina, española, italiana, india, china… En cada rincón de Nueva York te puedes sentir en casa. Esta ciudad no entiende de fronteras o muros.





Algunos de los rincones más conocidos de la ciudad están en el Midtown.
A primera hora de la mañana y viendo que hoy el día estaría despejado y soleado, compramos las entradas para subir al Top of the Rock (34$ por persona). Nos decidimos por este observatorio y no por el Empire State por una perogrullada: desde la cima del Empire State no se puede ver el Empire State. Y creemos que acertamos. Las vistas desde los 250 metros de altura del edificio son espectaculares. Central Park, con sus tonos marrones del invierno a un lado, las vistas del Chrysler a otro, Nueva Jersey, Queens, Brooklyn y su puente allá a lo lejos y la silueta de la Estatua de la Libertad, casi imperceptible. Y justo enfrente, como mirándote cara a cara, el edificio más icónico de la ciudad más reconocible. La figura del Empire State actúa como un imán, atrayendo tu vista hacia su antena y recorriéndola con la mirada de arriba abajo. Por eso pensamos que, en el caso de elegir uno de los dos observatorios, elijas el Top of the Rock. Como lo compramos unas horas antes, tuvimos que subir a las 15, cuando nuestra idea era llegar arriba de día y ver el anochecer. Por suerte no hay límite de tiempo una vez que estás arriba y pudimos deambular, pese al frío y el viento, mientras el sol se marchaba en el horizonte y teñía el cielo de rojo, antes de dar paso a la noche y a las luces.



Distintas vistas desde el Top of the Rock.
Bajábamos con la sensación de que nuestro viaje podía terminar en ese mismo momento y ya habría merecido la pena. Pero nos quedaba una última visita. Como era viernes, la entrada al Museo de Arte Modenos, el MoMA, era gratuita entre las 17 y las 20 horas. Tras una larga cola para dejar las mochilas (gratuito y obligatorio si supera cierto tamaño), comenzamos a pasear por sus salas. La quinta planta del MoMA, que alberga muchas de las obras más reconocibles del arte moderno, es un lugar de donde no querríamos salir nunca: Degas, Van Gongh, Monet, Munch, Renoir, Cezanne, Picasso, Matisse, Pisarro, Gauguin… Un paraíso, incluso si no eres un experto en arte.

Pese a haber menos turismo que en otras épocas, "La noche estrellada" nunca está vacía.
Por suerte nuestro hotel está situado bastante cerca del MoMA y fuimos caminando. Cenamos en el Panda Express que estaba justo debajo (vaya descubrimiento esta cadena de comida china) y nos fuimos a dormir. Ya teníamos ganas de que amaneciera. Ya éramos adictos a Nueva York.

Puedes leer todas nuestras entradas de Nueva York en este enlace.