lunes, 3 de octubre de 2016

Puede haber tranquilidad en Christchurch

Nuestros días en la Isla Sur de Nueva Zelanda en esta ruta de tres semanas por el país estaban tocando a su fin, aunque aún nos quedaba la visita a Christchurch y subir hasta Picton. En la derruida ciudad descubriríamos un nuevo museo neozelandés que nos deslumbró y disfrutaríamos de la explosión de colores de un jardín botánico en primavera. Y además, como no podía ser menos en Kaikoura, disfrutamos de las focas a unos pocos metros de distancia.

DÍA 27 DE OCTUBRE: DE AKAROA A CHRISTCHURCH



De Christchurch se dicen muchas cosas y pocas son favorables. Si las ciudades neozelandesas son casi por definición poco agradables a la vista, una que se destruyó casi totalmente hace unos años y está en pleno proceso de reconstrucción no va a mejorar esa fama. Sin embargo, la gran ciudad de la Isla Sur aún esconde algunos lugares que hacen que merezca la pena una parada.

Como viene siendo tradición aparcamos la caravana en un aparcamiento gratuito muy cerca del centro de la ciudad y caminamos por sus calles observando sus edificios caídos. La catedral, principal emblema hace unos años, prácticamente está destruida y en cada manzana aparecen solares vacíos donde una vez hubo un edificio. Otros se mantuvieron en pie pero ahora son inservibles, dando la imagen de ciudad fantasma. Sin embargo se puede pasear por algunas de sus calles y descubrir que está floreciendo el arte urbano, caminar por New Regent St y su casitas de colores o visitar el curioso centro comercial al aire libre del Re:Start, donde comimos en el Dimitris, un griego ambulante al que le teníamos ganas desde tiempo atrás.

La imagen más clásica de la actual Christchurch: obras por todas partes
Posiblemente la mejor manera de aislarse del bullicio que supone una gran ciudad como Christchurch y su caos de construcción es caminar por Worcester Blvd en dirección al Jardín Botánico y dar de bruces con el Museo de Canterbury. Como hemos escrito en alguna ocasión, los museos neozelandeses nos encantan, no tanto por su contenido (todo lo que hay en los museos es interesante, aunque la historia de este país sea corta y poco intensa) sino por la forma en que los cuidan y los explotan, de manera que todo lo que exponen te resulte interesante.

En este caso el museo se centra en la región de Canterbury y los primeros colonizadores, además de gran cantidad de objetos maoríes y por supuesto, la vida animal y vegetal de la región. Se pueden ver desde artefactos de guerra maoríes a la enorme variedad de aves que viven en la Península de Banks, o una recreación de cómo era la ciudad a finales del siglo XIX, simulando una calle con todo tipo de detalles. La conquista de la Antártida, los colonos o una reconstrucción de una curiosa casa de Bluff (al sur de la isla), donde una adorable pareja de ancianos la adornó con cientos de conchas de pauas. A nosotros la visita al museo nos resultó, como suele ser habitual en este país, bastante agradable.


Arriba, la zona dedicada a la exploración de la Antártida; abajo, la casa de las pauas
Como el museo cerraba temprano (17 horas) y todavía teníamos horas de luz para aprovechar, nos decidimos a pasear por el Jardín Botánico. Habíamos estado en el mes de mayo en pleno otoño y sus tonos marrones y ahora lo hacíamos en la primavera austral, con sus flores rebosando en cada rincón. Además de enormes árboles (hay una secuoya que nos trae locos por su tamaño y sus incontables ramas), existe una gran variedad de flores, organizadas por tipos: rosas, horquídeas, etc. Es un lugar tranquilo, donde no imaginas que a unos pocos metros de ti hay una ciudad ruidosa, llena de asfalto, polvo de cemento y grúas. Es la mejor manera de decir adiós a Christchurch.


El colorido de las flores y los árboles en el Jardín Botánico de la ciudad
Fuimos a dormir al Coes Ford, nuestra “casa” en esta zona de la isla. Al día siguiente entregaríamos la Jucy y la cambiaríamos por una Wendekreisen mucho mayor para cruzar hasta la Isla Norte.

DÍA 28 DE OCTUBRE: DE CHRISTCHURCH A BLENHEIM


Nos despertamos bien temprano para poner a punto la Jucy para la devolución y recoger la nueva caravana. Nuestra idea era subir hacia Picton y hacer una parada en Kaikoura, pero un inesperado problema nos retrasó. Al llegar a la sede de Jucy y entregar la caravana tuvimos la ocurrencia de decirles que habíamos recibido un golpe involuntario cuando estuvo aparcada en Dunedin. Le entregamos la nota que una persona nos había dejado indicando el número de matrícula del coche que la golpeó, para que así pudieran iniciar acciones legales contra él si lo deseaban. Lo que resultó ser un acto de buena voluntad por nuestra parte acabó con el pago de una multa por haber sufrido un accidente, sea involuntario o no. Pese a que pagamos el seguro a todo riesgo, esta multa (eran 75$) hay que pagarla igualmente. Nos enfadamos mucho, todo hay que decirlo, porque creíamos que salíamos perdiendo por haber sido sinceros al comentarles ese problema, ya que el golpe era casi invisible. 

Después del pequeño “pollo” que montamos (aunque no teníamos razón), la gente de Jucy nos llevó hasta la sede de Wendekreisen, donde recogimos la nueva caravana: un barco de cuatro plazas bastante antiguo y con cambio manual. El porqué del cambio de caravana se debe a que ésta nos salía gratis, literalmente, incluyendo el seguro. Lo encontramos a través de la web Transfercar ("recolocar" coches desde una ciudad a otra) y sólo tuvimos que pagar un día extra por 74$. Ana volvería a conducir de forma manual y con una palanca de cambios que parecía sacada de una fábrica de los años 20. Después de unos momentos de enorme estrés (la caravana se nos calaba cada vez que se pasaba de segunda a tercera), pudimos salir de la ciudad y dirigirnos al norte.

La "Wendy", nuestra compañera los próximos días
Todo la tensión de esos primeros minutos con la “Wendy” (así la llamaríamos) se fueron disipando cuando condujimos por la carretera 1 en dirección norte. Colinas, pequeños bosques y mucho color verde mientras la carretera transcurría de forma paralela al Pacífico. Una vez llegamos a Kaikoura fuimos directos a la colonia de focas en la península, llena de turistas que se hacían las fotos demasiado cerca de estos adorables animales. Está bien verlos con claridad, pero hay que recordar tratar de no molestarlos.

Una adorable foca en Kaikoura
Poco más pudimos hacer en Kaikoura, salvo irnos a buscar un lugar donde dormir. Por los malos hábitos de los usuarios la zona para dormir de Picton estaba cerrada y tendríamos que hacerlo en un lugar al norte de Blenheim, con sólo unas 12 plazas disponibles. Por suerte cuando llegamos, ya de noche, había un par libres y pudimos pasar la noche ahí y hacernos con la nueva caravana, que era casi tan grande como algunos pisos donde hemos vivido. A la mañana siguiente tendríamos el ferry para cruzar a la capital del país y volver, casi siete meses después, a la Isla Norte.

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