lunes, 30 de enero de 2017

Nueva York (I): ¿Tan pronto nos atrapas?

Elegir Nueva York como una escala antes de volver a Canadá. Así fue como decidimos viajar a esta ciudad después de pasar las Navidades en casa. Y desde el primer día caímos rendidos ante la imponencia de los rascacielos, el ambiente de sus calles, el color de su noche, su cultura… Nueva York nos iba a deparar ocho días maravillosos bajo el frío de enero.

DÍA 12 Y 13 DE ENERO: DE MADRID A NUEVA YORK Y VISITA AL MIDTOWN


Abandonábamos el aeropuerto de Barajas bien temprano y aterrizábamos en el JFK a las 20 horas, previa escala en Oslo. Después de dudar si ir en metro hasta nuestro hotel o hacerlo en un microbús (shuttle), optamos por la primera, mucho más económica aunque algo más lenta. La verdad es que el hecho de llegar con noche cerrada a una ciudad que no conoces y con cierta fama de peligrosa (luego veríamos que nada de eso), hace que puedas caer en la tentación de pagar más del doble. Sin ningún tipo de problemas, más allá del sueño y el cansancio, llegábamos al hotel Pod 51, el más económico que habíamos encontrado que cumpliera con nuestros requisitos: cercanía a los puntos que visitaríamos y con un calidad mínima.

A la mañana nos despertábamos frescos y prestos a conocer una ciudad que piensas que conoces. Nueva York es la ciudad eternamente reflejada en cine y televisión. Antes de llegar piensas que casi nada te va a sorprender, que eso ya lo has visto muchas veces. Pero sí que sorprende. Todos los tópicos que conozcas sobre Nueva York, todos los lugares comunes que te hayan podido contar, van a adquirir mayor fuerza cuando pises su asfalto y lo veas, oigas y sientas por ti mismo.

Paseamos por el Midtown, la zona media de la isla de Manhattan, con destino a la isla Roosevelt, en mitad del río East. Allí se puede acceder en un teleférico incluido en el sistema de transportes de la ciudad, por lo que su coste es similar al de un billete de metro (2,25$). Aquí pudimos empezar a apreciar el valor de venir fuera de las temporadas de mayor afluencia de turistas: en la cabina íbamos seis personas. En el trayecto, que no llega a los cinco minutos, se aprecian las primeras vistas del perfil de Manhattan y sobrevuelas el puente Ed Koch. Muchos turistas se quedan con esa parte del trayecto, bajan del teleférico y vuelven a subir, pero la isla Roosevelt esconde algo más. En su lado sur se alza un antiguo hospital abandonado junto a un parque, un rincón curioso teniendo en cuenta que cruzando el río apenas queda espacio para construir. Allí pudimos disfrutar de una vista maravillosa de Manhattan en plena tranquilidad, sólo molestados por unos amigos que nos acompañarían el resto del viaje.


Vistas desde el Parque Roosevelt (arriba y centro) y una ardilla fisgona.
Volvíamos paseando hacía el teleférico con la brisa fría en el rostro. Llevábamos unas horas y notábamos que la ciudad nos iba poco a poco ganando. Volvíamos a cruzar el río, pero ahora lo hacíamos en una cabina mucho más llena. Los habitantes de esta pequeña isla residencial cruzaban para llegar a su trabajo, con sus enormes vasos de café, sus periódicos, libros, oyendo música... Nueva York tenía vida y mucha. Nosotros, en nuestro papel de turistas, fotografiábamos las vistas.

El teleférico de la isla Roosevelt.
Días antes de llegar a Nueva York habíamos planeado una ruta que incluía cada día una visita a un barrio y a alguna actividad o museo. Hoy nos encontraríamos con algunos de los lugares más emblemáticos. El edificio Chrysler, que ya habíamos visto desde el parque mientras una ardilla nos rodeaba, y su forma tan característica; Grand Central, la estación fotogénica, con su ir y venir constante, el bullicio y las cristaleras que dejan entrar la luz del sol con un color diferente. Bryant Park y la biblioteca pública que allí hay, con sus estanterías de madera refinada. Fuimos a Times Square y nos marchamos defraudados. De día es un espejismo de lo que ofrece al caer la noche. Paramos en el Rockfeller Center, ya sin árbol de Navidad pero con su pista de hielo, minúscula para lo que pensamos, y llegábamos hasta la Catedral de San Patricio. Comimos sentados en un banco de la calle algo de comida árabe, pero podría haber sido latina, española, italiana, india, china… En cada rincón de Nueva York te puedes sentir en casa. Esta ciudad no entiende de fronteras o muros.





Algunos de los rincones más conocidos de la ciudad están en el Midtown.
A primera hora de la mañana y viendo que hoy el día estaría despejado y soleado, compramos las entradas para subir al Top of the Rock (34$ por persona). Nos decidimos por este observatorio y no por el Empire State por una perogrullada: desde la cima del Empire State no se puede ver el Empire State. Y creemos que acertamos. Las vistas desde los 250 metros de altura del edificio son espectaculares. Central Park, con sus tonos marrones del invierno a un lado, las vistas del Chrysler a otro, Nueva Jersey, Queens, Brooklyn y su puente allá a lo lejos y la silueta de la Estatua de la Libertad, casi imperceptible. Y justo enfrente, como mirándote cara a cara, el edificio más icónico de la ciudad más reconocible. La figura del Empire State actúa como un imán, atrayendo tu vista hacia su antena y recorriéndola con la mirada de arriba abajo. Por eso pensamos que, en el caso de elegir uno de los dos observatorios, elijas el Top of the Rock. Como lo compramos unas horas antes, tuvimos que subir a las 15, cuando nuestra idea era llegar arriba de día y ver el anochecer. Por suerte no hay límite de tiempo una vez que estás arriba y pudimos deambular, pese al frío y el viento, mientras el sol se marchaba en el horizonte y teñía el cielo de rojo, antes de dar paso a la noche y a las luces.



Distintas vistas desde el Top of the Rock.
Bajábamos con la sensación de que nuestro viaje podía terminar en ese mismo momento y ya habría merecido la pena. Pero nos quedaba una última visita. Como era viernes, la entrada al Museo de Arte Modenos, el MoMA, era gratuita entre las 17 y las 20 horas. Tras una larga cola para dejar las mochilas (gratuito y obligatorio si supera cierto tamaño), comenzamos a pasear por sus salas. La quinta planta del MoMA, que alberga muchas de las obras más reconocibles del arte moderno, es un lugar de donde no querríamos salir nunca: Degas, Van Gongh, Monet, Munch, Renoir, Cezanne, Picasso, Matisse, Pisarro, Gauguin… Un paraíso, incluso si no eres un experto en arte.

Pese a haber menos turismo que en otras épocas, "La noche estrellada" nunca está vacía.
Por suerte nuestro hotel está situado bastante cerca del MoMA y fuimos caminando. Cenamos en el Panda Express que estaba justo debajo (vaya descubrimiento esta cadena de comida china) y nos fuimos a dormir. Ya teníamos ganas de que amaneciera. Ya éramos adictos a Nueva York.

Puedes leer todas nuestras entradas de Nueva York en este enlace.

Te ha resultado:

0 comentarios:

Publicar un comentario

Vuestros comentarios nos ayudan a continuar