lunes, 10 de abril de 2017

Nueva York (VI): La Estatua de la Libertad y nuestro adiós

Nuestra despedida de Nueva York debía ser por todo lo grande, con el que posiblemente sea el símbolo más reconocible de la ciudad, la Estatua de la Libertad. Por eso para nuestro último día completo habíamos dejado la visita a este emblema de la inmigración y de las oportunidades, que no sólo incluye a la estatua, sino también un museo en una isla con mucha historia.

DÍA 18 DE ENERO: ESTATUA DE LA LIBERTAD Y MUSEO DE ELLIS ISLAND


Podríamos comenzar una discusión entre cuál es el emblema más reconocible de la ciudad de Nueva York. Para ello posiblemente acudamos al cine, del que esta ciudad es un eterno plató, y la terna final quedaría con estos candidatos: el puente de Brooklyn, el Empire State y la Estatua de la Libertad. A partir de ahí habría defensores de uno y otro y nunca acabaría con una decisión firme. Lo que pasa es que la ciudad de Nueva York era ya muy importante antes de que existiera el cine como lo entendemos hoy día. Y posiblemente sea ahí donde esta majestuosa figura femenina adelanta a sus rivales.

Sobran las presentaciones, ¿no?
Teníamos reserva para visitar la Estatua de la Libertad en el ferry de las 12, así que nos fuimos bien temprano hasta Battery Park, el más meridional de los parques de Manhattan, para disfrutar de los alrededores de esta zona que en su día alojó un importante fuerte y batería militar (de ahí su nombre). Paseamos por la orilla este del Hudson con vistas a Nueva Jersey a lo largo de un agradable paseo que acaba en la terminal del ferry que lleva hasta la Estatua de la Libertad. En Battery Park no sólo está este muelle, sino que también se puede disfrutar de algunas esculturas bastante interesantes. Nuestra favorita es el monumento a los marinos mercantes, con una composición que merece la pena ver cuando la marea está creciendo o cuando hayan algunas olas.


El sobrecogedor monumento a los marinos mercantes de Nueva York
Tomamos el ferry hasta la Estatua de la Libertad, que ya hacía tiempo que oteábamos a lo lejos, y poco a poco nos fuimos acercando. Muchos viajeros prefieren tomar el ferry gratuito a Staten Island para ver de lejos la estatua, pero creímos que por el precio merecía la pena poder verla de cerca. E incluso tocarla. El precio varía en función de lo que se quiera ver y en nuestro caso, que incluía subir hasta la corona, era de 21,50$ cada uno. Y allá que fuimos, poco a poco viendo cada vez más de cerca esa icónica imagen, haciéndose más grande a medida que nos acercábamos, pero nunca lo suficiente. Pensábamos que sería más grande.

Vamos dejando Manhattan atrás
Una vez el ferry te deja en la isla donde se encuentra la estatua tienes libertad de movimiento. Si has comprado algún ticket que permita la entrada al pedestal o a la corona puedes acceder y si no lo has hecho puedes pasear alrededor de ella. Nosotros decidimos aprovechar para subir lo antes posible y luego podríamos verla desde fuera con más calma. En el interior existen dos zonas: una primera, el pedestal, donde hay una exposición sobre la construcción de la estatua, con su historia, maquetas, bocetos o recreaciones a tamaño real de la cara o el pie. Merece la pena visitarlo con calma, aunque lleva su tiempo, por lo que hay que medir bien para no perderse nada.

Recreación a tamaño real del pie de la estatua
La segunda parte es la subida a la corona. Lo primero que hay que destacar es que no hay ascensor para subir, así que tocará subir escaleras. Pero también hay que decir que la subida merece muchísimo la pena, ya que literalmente puedes tocar las paredes. Una estrechísima escalera de caracol te va llevando poco a poco hasta la cima de la cabeza de la estatua, mientras puedes apreciar desde dentro los pliegues de acero y cobre o ver la escalera, cerrada desde hace casi cien años, que lleva hasta la antorcha. Pero sin duda lo que más sorprenderá a quien suba será el tamaño de la corona. Al contrario de lo que muchos pensarán (nosotros incluidos) el espacio es muy pequeño. En la zona más alta de la estatua apenas caben unas 6 o 7 personas y las ventanas para ver las vistas son bastante pequeñas. Desde arriba, sin embargo, no se disfruta de unas vistas espectaculares, ya que la cara apunta hacia al sur y no hacia Manhattan. Pese a eso, sólo por el hecho de sentirte dentro de la estatua y la experiencia de la subida ya merece la pena pagar ese precio extra.


La estructura interior de la estatua (arriba) y Ana mirando desde la ventana de la corona
Una vez bajamos de la corona dedicamos el tiempo hasta el siguiente ferry a fotografiar y disfrutar de las vistas desde el pedestal. Paseamos alrededor de la estatua, sobre todo pensando en que para muchos inmigrantes llegados a esta ciudad durante décadas, era este símbolo de la libertad y la democracia su primer contacto con un mundo con el que habían soñado. En tiempos como los que corren hoy día emociona pensar en qué sentirían todas esas personas que dejaban atrás sus vidas por alcanzar una mejor, con esa icónica imagen, tan majestuosa, dando la bienvenida tras semanas de viaje en barco atravesando el Atlántico. Y hoy, con muchísimos inmigrantes jugándose la vida en el Mediterráneo, las bienvenidas son mucho menos calurosas.



Vistas desde abajo de la estatua
Pero para todos esos inmigrantes la Estatua de la Libertad era sólo un primer paso de un proceso mucho más largo y en ocasiones no siempre divertido ni con final feliz. Por eso la siguiente etapa fue la que más nos sorprendió: el Museo de la Inmigración de Ellis Island. En esta isla, muy cerca de la anterior, se ubicaba el lugar donde todos estos inmigrantes llegaron durante décadas y donde vivían sus primeros días antes de poder ingresar legalmente en el país. El museo ahí ubicado, en un edificio de gran belleza, explica minuciosamente todo el proceso que se llevaba a cabo dentro de dichas paredes, desde análisis médicos a juicios.


El edificio del Museo de la Inmigración en Ellis Island
La visita al museo debe hacerse con calma, puesto que recoge numerosos datos y explicaciones que merecen ser vistos con detenimiento. La imagen de la inmigración a Nueva York desde Europa ha sido vista en ocasiones desde una óptica romántica que los estadounidenses han sabido vender, pero no todo lo que allí pasaba era felicidad. En el museo se puede apreciar cómo era la vida antes de poder cumplir el sueño de pisar tierra americana. La entrada incluye una audioguía que va explicando cada sala del museo, con relatos reales de inmigrantes que llegaron a Ellis Island en los años 20 o 30.



Distintas imágenes del museo
Cuando cerraba las puertas el museo nosotros nos volvíamos a montar en el ferry de vuelta a Manhattan. Dejábamos atrás la silueta de este símbolo de Nueva York y afrontábamos la silueta de la ciudad que comenzaba a iluminarse. Nuestro viaje tocaba a su fin y nada nos podía entristecer más. Al día siguiente, tras un breve paseo por los alrededores del hotel y la sede de Naciones Unidas, poníamos de nuevo rumbo a Canadá.

Así nos recibió Manhattan al volver de Ellis Island
Esta semana había sido muy especial, pudiendo por fin visitar uno de los destinos que más ansiábamos. Nueva York había sido muy especial, uno de esos viajes que consideras perfecto y que nunca querrías que acabase. Echaríamos de menos sus paseos, sus enormes rascacielos diseñados con tanta clase, su nieve en Central Park, sus museos detallistas e inabarcables, su gente, oír ese español caribeño en cada esquina y esa mezcla de culturas, rostros y acentos que la hacen tan especial. Íbamos a echar de menos ser neoyorquinos postizos cada mañana en cada desayuno y cada noche en cada cena. Por suerte, como alguien nos dijo una vez, aunque nos vayamos de Nueva York algo de nosotros siempre se quedará allí.

Puedes leer todas nuestras entradas de Nueva York en este enlace.

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