sábado, 6 de junio de 2015

Ruta por la Isla Sur: el encanto de Dunedin

Nuestro viaje por la Isla Sur de Nueva Zelanda nos volvía a dejar en la costa este del país. En apenas unos días habíamos pasado de adentrarnos en el Mar de Tasmania a ver pingüinos en la costa sur y ahora dormíamos junto a una playa del Pacifico. Era el día de descubrir la que hasta ahora ha sido nuestra ciudad favorita de Nueva Zelanda.

DÍA 22 DE ABRIL: DUNEDIN

La ciudad de Dunedin es la segunda en población de la Isla Sur tras Christchurch y la quinta de toda Nueva Zelanda con unos 200.000 habitantes. Uno de los principales centros de llegada de inmigrantes europeos de toda la isla, hoy día conserva el papel de centro estratégico al sur de Nueva Zelanda. Tras dormir a unos quince minutos del centro de la ciudad, en un lugar habilitado por el Council junto a la población de Brighton, aparcamos en un parking municipal en la Avenida ANZAC (5 NZD todo el día) fuimos al i-Site y recogimos el mapa para organizarnos el día. Lo primero que destaca del plano de Dunedin es la disposición concéntrica de varias de sus calles, tomando como eje la plaza conocida como The Octagon.

En primer lugar pasamos unos minutos en la biblioteca cargando los dispositivos y tratando de consultar distintas cosas en internet. Tras esto visitamos la Catedral, justo al lado. De estilo neogótico, se erige sobre el resto de edificios a su alrededor, como el Town Hall, dándole un aire muy europeo al perfil de la ciudad. La calle Stuart sube justo al lado de la Catedral, con varias casitas bajas de estilo victoriano y el teatro Fortune. Bajamos hasta la First Church, la primera iglesia de la ciudad, fundada por escoceses en el punto más alto del centro urbano. Destaca por su interior decorado en madera.

La Primera Iglesia de Dunedin
Para la hora de la comida nos informamos a través de las aplicaciones móviles de un sitio con algo típico del pais. La opción definitiva fue el Best Café, en la zona este de la calle Stuart, un bar de fish'n'chips (pescado rebozado con patatas fritas, algo nada original) con mucho encanto: su interior está protegido y mantiene la decoración de los años 60. Estaba lleno de neozelandeses, con la seguridad que eso da, y la comida estaba muy rica (todo lo rico que pueden estar unos fish'n'chips) y  no demasiado caro. Unos metros más abajo está la fábrica de chocolates Cadbury, muy célebres, que se puede visitar (20 NZD por persona, imaginamos que al menos podrás comer algo de chocolate).

El entrañable "Best Café" de Dunedin
De los dos musesos que tiene la ciudad, el Otago Museum es el único de pago, así que lo descartamos por el Toitū Otago Settlers Museum, dedicado a los colonos e inmigrantes que llegaron a la ciudad. Como suele pasar con los museos de este país, el esfuerzo y la dedicación (humana y económica) que ponen para dar a conocer su pequeña historia es espectacular. El resultado es un museo ameno, muy documentado, con cantidad de objetos que explican la historia de Dunedin y sus alrededores desde que el primer escocés puso un pie en tierra hasta los videojuegos, pasando por coches, electrodomésticos o vestidos de época. Recreaciones de barcos de inmigrantes, cortometrajes, el vestíbulo de una estación de tren y hasta una habitación con cuadros de todas las personas que llegaron a la ciudad en el siglo XVIII, con su nombre, ciudad de origen y profesión. Una gozada gratuita.

El Museo de Colonos de Dunedin y todo lo que se puede ver en él
Junto al museo están los jardines chinos, de pago y bastante caros, y la estación de tren de Dunedin, posiblemente su edificio más conocido. La fachada es preciosa, de estilo victoriano, alternando ladrillo blanco y marrón. La zona visitable en el interior, pequeña y muy acogedora, destaca por los remates dorados y las vidrieras con trenes. La ciudad nos estaba encantando. Tenía mucha vida en sus calles, cafeterías, bares y todo envuelto en edificios bonitos.

La estación de tren de Dunedin, el edificio más fotografiado del hemisferio sur
Aún nos faltaban dos paradas, a las afueras del centro de la ciudad. Una de ellas era la Universidad de Otago, a sólo unos diez minutos en coche desde la estacion de tren. Todo el complejo es más grande que la mayor parte de los pueblos del país. Destaca sobre todo el edificio del Rectorado, también de estilo victoriano y parecido a la estación de tren, con un césped y un pequeño riachuelo frente a él. El resto de edificios alternan el estilo clásico con otros más modernos. En algunos se podía apreciar la calidad de los materiales de estudio: un aula de música con teclados y ordenadores Apple, uno por alumno, "protegidos" por unas simples ventanas a la altura de la calle. Más abajo el complejo deportivo, jóvenes haciendo deporte, paseando por sus calles, tomando algo en los bares... Muy nostálgico.

La Universidad de Dunedin
El último lugar que visitamos era muy especial. Continuando hacia el norte por la North Road, pasando el Jardín Botánico, está la Baldwin Street, que no dejaría de ser una calle más si no fuera porque tiene el orgullo de ser la calle más empinada del mundo. Y realmente impresiona verla desde abajo. Si no fuera porque los vimos aparcados, nos costaría pensar que puedan subir coches por esa cuesta. Subimos hasta lo más alto (a trozos corriendo) y bajamos poco a poco para no caer rodando. Mucha gente viene aquí a subir cuando sale a correr e incluso se realizan competiciones para subir y bajar. Suponemos que los vecinos de las casas más altas deben estar en forma.

La calle empinadísima calle Baldwin
Y así fue como transcurrió nuestra visita a Dunedin, antes de visitar la peninsula de Otago. No sabemos si por su estilo más europeo, la vida de sus calles, el ambiente universitario o los edificios bonitos (que no abundan en Nueva Zelanda), pero Dunedin nos enamoró como ciudad, más aún viendo que todas las miradas se las lleva Queenstown y de aquí no habíamos leído nada. Nueva Zelanda nunca deja de sorprender

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