martes, 17 de noviembre de 2015

La experiencia en Felton Road: el trabajo

A mitad de mayo habíamos conseguido el que sería nuestro segundo trabajo en Nueva Zelanda. Felton Road, una importante empresa de vinos de Central Otago, nos daba la oportunidad de pasar el invierno podando las vides y nos proporcionaba alojamiento, el Portacom. La única condición que nos pidió Gareth, el jefe de todo lo relacionado con el trabajo del campo, era que no saliéramos huyendo a las pocas semanas asustados del frío. Y tampoco era nuestra intención.

PODANDO VIDES: QUITA ESAS RAMAS, ATA ESA RAMA

La temporada de poda (pruning en inglés) de las vides en Nueva Zelanda se extiende a lo largo del invierno. La fecha exacta depende de la cantidad de trabajo y de cómo sea el método utilizado por cada empresa. En Felton Road el día planeado era el 25 de mayo, pero tuvo que retrasarse un día. El motivo: la enorme nevada con la que nos recibió Bannockburn (un pequeño pueblo a las afueras de Cromwell) aquella mañana. Cuando Gareth nos escribió la noche anterior para decirnos que esperaba que la nieve no nos retrasara un día más no podíamos imaginar que se refiriera a eso.

El Portacom nevado, ¿sería todo el invierno así?
Disfrutamos de la nieve menos de lo que nos hubiera gustado, tal vez pensando en que volveríamos a ver más días así las próximas semanas. Pero al día siguiente ya comenzaríamos el trabajo, esta vez sin más retraso que la charla previa de seguridad, recoger nuestro inseparable material para la poda (guantes, tijeras y riñonera de tela) y conocer a nuestros futuros compañeros. Neozelandeses de diferente edad, una chica japonesa, un inglés nacido en Canadá y un joven francés, a los que luego se unirían dos estudiantes indios, aunque ellos sólo una hora al día. Los díez estaríamos codo con codo frente a los inmensos campos de vides aguantando el frío y el viento del invierno.

El trabajo de la poda en Felton Road constaba de tres pasos: en el primero se elegían las dos ramas que darían la fruta para el próximo verano (head cutting), en el segundo se eliminaban todas las ramas restantes (stripping off) y en el tercero se ataban las dos ramas al alambre (tyring down). Nosotros sólo participaríamos de las dos últimas, aunque separados: Alejandro quitaría ramas y Ana ataría las buenas. Comparado con el trabajo en la fruta, éste resultaba mucho más cómodo. No requería tanto esfuerzo físico, aunque a veces la espalda sufría y los tendones de la mano dolían hasta el punto de no poder cerrarla. Pero sin duda lo peor fue el tiempo: las mañanas eran realmente frías y los pies y las manos se helaban, más aún atando, ya que no te movías tanto y el cuerpo tardaba en entrar en calor. Algunos días las ramas amanecían cubiertas de hielo y a lo largo de la mañana el suelo se embarraba y costaba mucho andar. Por suerte fuimos previsores y compramos dos chaquetas muy abrigadas en el Salvation Army (una por 5 NZD, la otra gratis) y nos colocábamos hasta cuatro capas de ropa. ¡A nosotros el frío no nos iba a frenar!

Alejandro podando sus primeras vides
El trabajo en la poda estaba previsto para unas 12 semanas en las cuales cambiamos entre los cuatro bloques que tiene la empresa. Comenzamos en Calvert, al lado de nuestro Portacom, y pasamos al Cornish Point, el más alejado, en un saliente sobre el río Dunstan, con su microclima donde nunca llovía aunque pareciera que se acercaba el Diluvio Universal. En Elms estaban el viñedo y las bodegas, también cerca de casa, y con la extensión más amplia de todos los bloques. Por último McNuir, que literalmente era nuestro jardín. Al igual que nos pasó en RJ Flowers, trabajábamos en casa. Un lujo (y un ahorro en gasolina y en horas de sueño).


Las distintas viñas en las que trabajábamos
Las semanas pasaron más rápidas de lo que pensábamos. El trabajo cada vez era más fluido y el temor a que nuestros días en la empresa acabaran al atar la última rama se fueron poco a poco disipando. Los compañeros nos preguntaban hasta cuándo íbamos a estar y siempre respondíamos que hasta que hiciéramos falta. Gareth nos preguntó si queríamos seguir unas semanas más y luego, una vez finalizada la poda, nos ofreció seguir más tiempo, ahora sí con fecha límite: el 14 de octubre llegaría la tía de Ana a Nueva Zelanda y volveríamos a viajar. Aún tenemos la sospecha de que pensaban que abandonaríamos pronto.

MÁS ALLÁ DE LA PODA: TUBO Y PALA

La poda terminó en McNuir en la segunda semana de septiembre. Fueron más de 120.000 las vides podadas y podemos presumir de que fuimos los únicos que estuvimos presentes en todos los días de trabajo desde el 26 de mayo. A partir de ahora nos tocaban otras tareas más relacionadas con el mantenimiento y con el misterioso mundo del vino orgánico. 

Aceitunas, tortilla de patatas y un vino de Felton Road, ¿algo mejor?
Durante la poda tuvimos nuestra experiencia con el compost con el que se abonan los campos. El primer día que lo hicimos estuvimos mezclando el compost con estiércol y colocándolo todo debajo de láminas de paja para protegerlo del tiempo. Por último colocábamos en su interior, metiendo los brazos en esa mezcla y enrollados en hojas de lechuga, semillas de margarita, manzanilla y roble, ortigas secas, diente de león y unas gotas de valeriana. Nuestra segunda aventura con el estiércol tuvo lugar algunas semanas después. Nos llevaron a una caseta donde, encima de una mesa, nos colocaron varias boñigas de vaca. Se les roció con polvo de basalto y cáscaras de huevo trituradas y las mezclamos a mano (método LFP). Tras este paso se colocaban bajo tierra y ahí se dejaban secar para más tarde incorporarlo a la tierra. Por último, se empleaba el Método 500, un curioso sistema de abono: este compost se mezclaba con agua caliente en un barril que haya tenido vino de Burdeos y se rociaba el suelo con ramas de tomillo, todo esto en la luna ascendente de octubre en un día de viento. Suena muy místico todo, pero aquí tienen muy en cuenta todo lo relacionado con la astronomía y cómo afecta a los cultivos.

Otros trabajos aparentemente menos asquerosos pero mucho más duros tenían como protagonistas una pala y una tira de goma. Al ser un viñedo orgánico las malas hierbas que crecían alrededor de las vides no se eliminaban con productos químicos, por lo que la mejor opción es cavar con la pala. Las últimas semanas cada mañana comenzábamos así, aunque por suerte no eran más de dos horas al día salvo excepciones. Con las tiras de goma sucedió algo parecido. En McNuir comenzábamos las mañanas atando las vides jóvenes con estas gomas, quitándolas de la base de la vid y subiéndolas hasta la mitad. Posiblemente el peor trabajo del viñedo.

Ana dándole a la pala, pero siempre feliz.
Los más divertidos fueron los que tenían que ver con el mantenimiento del riego y con los alambres. Como habéis leído, el frío de las mañanas en estas latitudes es considerable, así que para proteger las nuevas ramas de las vides las empresas ponen a funcionar unos enormes molinos de viento. Pero en el Cornish Point el sistema es el antiguo: se rocían con agua las vides para que, al congelarse ese agua, se proteja la nueva rama. Así que tuvimos que chequear los aspersores de agua y claro, para saber si funcionan deben estar encendidos. Chubasquero puesto y a caminar por las filas. Unos días ayudábamos a colocar mejor las tuberías del riego, tensándolas y cortándolas. Aquí no había que mojarse. En cuanto a los alambres, había que desengancharlos de las barras y bajarlos, para que así las nuevas ramas crezcan sin ningún obstáculo. Bajando alambres andábamos hasta 15 kilómetros al día. No estaba mal un poco de ejercicio después del invierno.

Algunos trabajos eran realmente divertidos
Y como no podía ser menos en un viñedo, también tuvimos nuestro contacto con el vino. Una mañana de lluvia nuestro trabajo consistió en beber vino (literalmente). Dos horas catando los vinos que se estaban produciendo, cada uno en distinta fase de fermentación, mientras Mike, el escocés encargado de esta tarea, nos explicaba todo el proceso. Lástima que no estuvieran nada buenos en este punto (para Alejandro el vino no está apetecible en ningún punto), pero que te paguen por beber vino tampoco está mal. Luego el vino ya finalizado fue embotellado. La empresa contrata un camión embotellador, donde nuestra tarea era colocar las botellas en la máquina y colocar las etiquetas en las cajas. El 80% del vino producido aquí va al extranjero, así que nos gustaba imaginar dónde se bebería: ¿tal vez en un Chardonnay en una petición de boda en Sudáfrica? ¿Un Pinot Noir en una cena familiar en Canadá? ¿O brindarían con una copa de Riesling unos científicos tras descubrir una nueva vacuna? 

Cajas, cajas y más cajas que viajarán por el mundo
Así transcurrieron nuestras 20 semanas en Felton Road. Lo que comenzó con un email acabó en una experiencia laboral muy enriquecedora que nos ha ayudado a valorar el trabajo que hay detrás de una botella de vino, más aún en un proceso orgánico. Superamos el frío, tuvimos tiempo de charlar y conocer mejor a los neozelandeses y dejamos listas las vides para la vendimia de verano. Ah, por cierto, en enero volveremos a Nueva Zelanda con la extensión del visado y lo haremos en Felton Road. Queremos cerrar el ciclo de la cosecha que hemos comenzado a crear. Ya tenemos ganas.

Nuestra despedida (temporal) de Felton Road
INGRESOS Y GASTOS

El sueldo en Felton Road ha sido siempre por hora a 15,50 NZD. Hemos trabajado una media de 39 horas semanales, por lo que los ingresos han sido los siguientes:


Y así dejamos el viñedo, viendo crecer las primeras hojas de la primavera en una imagen muy distinta a aquella del mes de mayo, cuando todo eran ramas secas. Las hojas fueron creciendo a la vez que lo hacía nuestra cuenta corriente que nos permitiría seguir recorriendo este país (y otros más).

Las primeras hojas verdes de la primavera

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