martes, 12 de mayo de 2015

Ruta por la Isla Sur: abrazos, delfines y montañas

Por fin había llegado el 9 de Abril, la fecha en que los padres de Ana llegaban a Nueva Zelanda para pasar con nosotros cuatro semanas. Nosotros partimos desde el norte de la Isla Sur hasta Christchurch haciendo parada en los Lagos Nelson y durmiendo a las afueras de la gran ciudad de la isla. El vuelo procedente de Madrid con escala en Dubai aterrizaría sobre las 5 de la mañana, así que pasamos la noche en la reserva de Allandale, al sur de Christchurch, donde a las 3 de la mañana despertamos y pusimos rumbo al aeropuerto. Eso sí, Delica nos había reservado una sorpresa para aquella mañana: la luz dejó de funcionar sin motivo aparente y tuvimos que atravesar todo el camino sólo con las luces largas. Cuenta pendiente para cuando volviéramos a recogerla.


DÍA 9 DE ABRIL: CHRISTCHURCH Y LLEGADA A KAIKOURA

El vuelo que traía a los padres de Ana desde Galicia a Nueva Zelanda aterrizó puntual y eso permitió que nuestra espera en el aeropuerto no se alargara demasiado antes de los abrazos y las lágrimas propios de un tiempo largo sin vernos (en persona, hoy en día las redes sociales y la informática han acortado las distancias). Nos pusimos al día del largo trayecto con escala en Emiratos Árabes Unidos y se tomaron una ducha gratuita en el Aeropuerto de Christchurch (zona de llegadas internacionales). Tras aquello desayunamos en una de las cafeterías hasta que llegaran las 8 de la mañana, hora a la que estábamos citados en Jucy Village para recoger la caravana con la que viajaríamos los cuatro durante las próximas cuatro semanas.

Recogimos la Jucy Condo en la que convivir hasta el 6 de Mayo y acercamos a Delica para un trasvase de bienes (ropa y comida). La aparcamos en el EconoPark del Aeropuerto por un precio de 189 NZD (oferta a través de la web oficial Presto) y nos despedimos de ella hasta varias semanas después. Nos esperaba más lujo y más comodidad en esta nueva "casa" y muchos kilómetros de carretera que nos ahorrábamos para Delica, que a su edad hay que cuidarla bien.

La caravana Jucy con la que viajaríamos durante un mes
Aquel primer día lo aprovechamos para introducir a los padres de Ana en la vida del mochilero/viajero neozelandés con una primera compra en el Pack'n'Save (algo elevada de presupuesto, todo hay que decirlo) y comenzar la andadura a través de la SH 1 rumbo a Kaikoura, primera etapa del viaje con una experiencia alucinante por llegar. El trayecto nos llevó aproximadamente unas tres horas con un paisaje monótono, salpicado por viñedos y granjas. Sólo el último tramo, tras cruzar el río Waiau, hizo interesante el trayecto. Los últimos kilómetros discurren junto a la costa, donde muy atentos pudimos divisar alguna foca sobre las rocas. La península de Kaikoura ya esperaba al fondo.

La ciudad de Kaikoura tiene dos núcleos urbanos diferenciados. Uno donde se encuentra la mayor parte de los establecimientos turísticos y el i-Site, hacia el norte; otro, al abrigo de la península (cómo pega el viento por estos lares), más residencial y hotelero y sede de la empresa Encounter Kaikoura, que realiza trayectos para ver albatros (se dice que es el mejor lugar del mundo para verlos) y delfines, con los que también puedes nadar. Y esa sería nuestra primera actividad programada para el día siguiente. La realizaría Ana (regalo de cumpleaños de su tía Mari) y sus padres y Berta (Rober y Alejandro se quedarían en tierra), con los que nos juntaríamos tras una llamada de teléfono en la colonia de focas que se encuentra en la península, uno de los mejores lugares para verlos en toda Nueva Zelanda. Disfrutamos de estos animales durante un largo rato, fotografiándoles hasta la extenuación y hasta el anochecer. Aquella noche dormiríamos en el área habilitada al norte de la ciudad, en Kiwa Road, donde el viento y las olas nos acompañaron toda la noche. Tocaba descansar tras un largo viaje y prepararnos para nadar entre delfines.

Una adorable foca en la colonia de Kaikoura
DÍA 10 DE ABRIL: BAÑO CON DELFINES EN KAIKOURA

Tras nuestra primera noche en la caravana (nuestra habitación sería el techo) y el primer desayuno hicimos tiempo hasta llegar a la sede de Encounter, donde estábamos citados a las 12:15. Rellenamos varios papeles de seguridad y nos dieron una charla sobre cómo manejarnos una vez en alta mar. Nos pusimos los trajes de neopreno, montamos en el autobús y rumbo al puerto desde donde partiría el barco. El día había amanecido calmado pero a medida que avanzaba se iba nublando y seguía creciendo el viento. Lo único que esperábamos era que los delfines estuvieran ahí y pudiéramos recordar esta experiencia para siempre.

Casi una hora tardó el barco en encontrar un banco de delfines. Pese a que el porcentaje de éxito suele ser alto, en la empresa te aseguran que existe riesgo de que no aparezcan y no puedas nadar junto a ellos. Hubo un primer aviso en el que nos hicieron saltar al mar. El oleaje hacía complicado mantenerse quietos y mareaba. Los delfines habían desaparecido y a los pocos minutos subimos al barco de nuevo. Para algunos se hizo más complicado y subieron antes de tiempo para no volver a tirarse al mar. Hubo una segunda vez, también sin éxito. Los estómagos ya no soportaban tanto ir y venir y tanta ola y el desánimo crecía al no haber delfines. Hubo un tercer intento, también en vano. Faltaba poco para que tanto nosotros como el equipo de la empresa diéramos la aventura por finalizada con un rotundo fracaso. Pero entonces nuestra suerte cambió.

Nos hicieron volver al agua una cuarta vez. Ana en un principio no tenía intención de volver a lanzarse sin seguridad de que habría delfines (sus padres habían desistido mucho antes), pero Berta le alertó de que esta vez sí que estaban. Terminó de soltar la última vomitona en un cubo y se lanzó al mar. Y ahora sí, ahí estaban bajo sus pies, a pocos centímetros de ella, nadando alrededor, saltando, apareciendo y escondiéndose. Fueron unos cuantos minutos donde disfrutar de una experiencia única en la vida, un recuerdo para siempre.


Tras tres horas desde la salida del barco regresamos a la sede de la empresa. Alejandro y Rober esperaban dentro de la Jucy (habían ido a ver cómo partía el barco, verlo alejarse hacia el mar desde el mirador de la península y de nuevo a ver focas) y esperaba una buena ducha de agua caliente por cortesía de Encounter. Contamos la experiencia, intercambiamos impresiones y volvimos a dormir al mismo sitio de la mañana siguiente. Nuestra ruta por la Isla Sur comenzaba con buen pie.

DÍA 11 DE ABRIL: DE KAIKOURA A LOS LAGOS NELSON

El tercer día de la ruta lo habíamos reservado a atravesar la isla desde la costa este al centro. Nuestro objetivo era Westport, en el inicio más septentrional de la West Coast, pero antes haríamos parada en los Lagos Nelson. Tras un buen desayuno dejábamos las olas del mar y nos poníamos rumbo a las montañas.

Dedicamos el día a conducir por la SH 70 desde Kaikoura hasta enlazar con la SH 7. Esta carretera nos haría atravesar el Lewis Pass, un paso de montaña entre los Parques de Conservación de Hanmer y Sumner, menos espectacular que su vecino Arthur Pass, pero que también merece una visita. Paramos a visitar el pueblo termal de Hanmer Springs, al pie de las montañas, un pueblo agradable con bonitas vistas del inicio del otoño, con los árboles comenzando a teñirse de tonos amarillos. De ahí al camping del DOC de Deer Valley, en pleno corazón del paso, donde llegamos ya de noche. Estos primeros días nos habían hecho disfrutar de varias de las caras de este país: el mar, la montaña y la vida animal a un palmo de ti.

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