lunes, 2 de mayo de 2016

Comenzamos a enamorarnos de Hawái

Aún no nos creíamos que estuviéramos en Hawái. Habíamos disfrutado de paisajes increíbles en el norte de Molokai y todavía nos quedaba la zona más espectacular de la isla menos turística del archipiélago. Un valle y una cascada increíble en una carretera que recorrería playas de arena blanca en la zona este y el paisaje árido de la zona oeste, terminando el día a ritmo de música religiosa. Nuestro romance con Hawái iba a comenzar.

DÍA 19 DE ABRIL: MOLOKAI


Después de 46 horas terminaba el cumpleaños de Ana, que había empezado en Wellington y terminaba en un parque del norte de una pequeña isla hawaiana rodeada de ciervos. Por suerte en Hawái amanece bastante temprano y puedes estar en ruta con tiempo suficiente para aprovechar el día. Hicimos de nuevo una parada en el wifi del hospital para hablar con la familia y nos dispusimos a conducir hasta el extremo más alejado de la isla, al valle de Halawa. La primera parada fue en el Kapuaiwa Coconut Grove, un palmeral de cocoteros construido por el rey Kamehameha V. El acceso está prohibido porque existe un importante riesgo de que te caiga un coco en la cabeza. Y eso debe doler.


Arriba, los famosos cocoteros de Kamehamea V. Abajo, la señal que alerta del peligro.
 La única carretera que recorre la isla lo hace por la costa sur, la que menos sufre los efectos del viento y donde se encuentran las playas más tranquilas, sobre todo por la presencia del mayor arrecife del archipiélago de Hawái. Este arrecife permite playas con apenas olas y de poca profundidad, con aguas claras. El punto más negativo es que la mayoría de ellas son de acceso privado (esto es Estados Unidos, la meca de la propiedad privada) y las públicas requieren de aparcar el coche a un lado de la carretera, si es que hay sitio. Aún así paramos en la playa de Kaulehole, muy cerca de Kaunanakai, en el parque de One Alii, donde además se puede pasar la noche al ser zona de acampada del condado de Maui (amplio, con mesas, refugios, fregaderos, baños y duchas de agua fría).

Seguimos recorriendo la carretera asombrándonos con la vegetación tropical y las casas de los hawaianos (y por qué en todas habían tantos coches enormes). Mientras conducíamos de repente aparecía una playa o una pequeña cala y cuanto más nos acercábamos a la costa este, más abrupto se hacía el paisaje en el interior de la isla. Lo que en un principio era una carretera llana y recta iba tornándose en curvas y subidas y bajadas y a nuestra derecha las playas y calas tomaban forma de acantilados y rocas. La carretera abandonaba la costa para internarse a través de las montañas en dirección al valle de Halawa. Un saliente en la carretera nos dejaba un paisaje impresionante del que sería nuestro destino esa mañana.


Arriba, Ana pasea por una playa de Molokai. Abajo, las vistas del valle de Halawa desde un saliente de la carretera
Una vez llegamos al final de la carretera comenzamos a andar por la ruta que debería llevar a la cascada de Mooula, pero nos llamó la atención los carteles que avisaban de que aquel camino era propiedad privada y no se nos estaba permitido el paso. Estábamos solos y únicamente dos coches más (que también parecían de alquiler) nos indicaban que efectivamente estábamos al comienzo de la ruta. Fue entonces cuando vimos llegar a un grupo de turistas, a los que preguntamos cuál era el camino que llevaba a las cascadas a través del valle. Nos dijeron que la única manera de llegar era pagando al dueño de aquellas tierras, un chico cuya familia regía el valle y que cobraba el módico precio de 60$ por persona por guiarte. Una vez más la ausencia de turismo dejaba estas actividades a precios excesivos y nos quedamos con las ganas. Hicimos algunas fotos a la iglesia que allí estaba y nos conformamos con las vistas del valle desde la playa (pública, se puede pisar) que hay allí mismo (mientras Alejandro intentaba, sin éxito claro, abrir un coco a golpes).


La iglesia que se encuentra al comienzo de la ruta y las vistas del valle desde la playa.
Volvimos por donde habíamos llegado con sensación agridulce. Por una parte los paisajes que habíamos visto nos alucinaron, pero nos hubiera gustado más poder internarnos en el valle, incluso pagando un precio más bajo que el exigido por aquel chaval. Nueva Zelanda nos había malacostumbrado.

Aún no era mediodía y nos quedaba por descubrir la costa oeste de la isla, que en principio no nos había llamado la atención al ser más seca y ubicarse allí algún resort turístico. El camino en atravesar toda la isla no dura más de una hora y una vez pasado Kaunakakai se transforma, abandonando paulatinamente la vegetación tropical por un paisaje más árido, donde predomina el color rojo de la tierra volcánica y los tonos ocres de la vegetación seca. Aquí el viento pega con más fuerza y las lluvias llegan tras haber descargado todo en las montañas del noreste de la isla. Pasamos el pueblo de Maunaloa, donde se dice que nació el hula, el baile típico hawaiano, y desde ahí a la playa de Papohaku. Atravesamos los resorts turísticos, edificios antiguos que tienen pinta de haber esperado más ocupación de la que reciben, y nos tumbamos un rato en la arena tras la comida. Duramos cinco minutos porque aquel momento que debía ser de relajación no era tal debido al viento. Ana durmió la siesta en la zona de acampada (también del condado de Maui) junto a la playa. Si el tiempo lo permite, aquella playa debe ser una gozada, pero no teníamos ganas de esperar a que el viento amainara, así que volvimos a la ciudad a pasar lo que quedaba de día.

Ana y una característica flor hawaiana en la playa de Papohaku
 Paramos en Kaunakakai y paseamos para ver qué hacían los pocos habitantes de Molokai por las tardes. Nos sentamos a ver un partido de béisbol de niños y un espectador se nos presentó y nos preguntó por nosotros y nuestros viajes. Al rato nos invitó a un acto que tendría lugar en su iglesia aquella noche, con música y bailes típicos incluidos. Nos pareció interesante acabar así nuestra estancia en la isla, por lo que fuimos a cenar al Molokai Burguer (buenas hamburguesas y buen wifi) y de ahí a la iglesia King’s Chapel.

Cuando llegamos nos saludaron alegremente y nos invitaron a sentarnos en los bancos. Nos dieron un colgante de pequeñas caracolas y comenzó la música, toda de índole religiosa pero que nos gustaba. Ver cómo vivían aquella música nos emocionó. Tras el “concierto” inicial llegaron otras actuaciones: un baile de hula, coreografías y más música. Cada cual aportaba lo que creía conveniente. Todos eran personas locales, bien nativos o bien de origen filipino, salvo nosotros y una pareja de canadienses (él tocó la guitarra, por suerte no tuvimos que hacer nada porque tampoco sabríamos qué hacer). Una vez hubo terminado el acto, todos nos dieron las gracias por acudir y nos pidieron algunas fotos. E incluso rezaron por nosotros, bendiciéndonos para nuestra siguiente aventura en Canadá. Ninguno de los dos somos creyentes, pero por si acaso.

Un chico tratando de batear en Kaunakakai
Había comenzado a llover y condujimos de nuevo al Palauu State Park, donde una vez más estábamos solos. Llovía mucho y era noche cerrada, así que decidimos volver a dormir en el coche. En mitad de la madrugada la lluvia era constante y hacía imposible dormir, así que nos movimos hasta un lugar donde no lloviera, en el One Alii Beach Park, aun sin permiso y arriesgándonos a ser multados

Nuestros dos días en Molokai habían acabado y nos íbamos con la satisfacción de haber comenzado la ruta por Hawái en la menos turística de todas las islas. Apenas nos habíamos cruzado con una decena de turistas y habíamos disfrutado de lugares hermosos sin la saturación que esperábamos en las demás. El estilo de vida de Molokai, donde impera la calma y la tranquilidad, nos había invadido y mejor aún, nos había enganchado. Si ésta era la menos espectacular de todas las islas no queríamos ni imaginar cómo sería el resto. A la mañana siguiente tomaríamos el vuelo con destino a Maui. Nos esperaban bosques tropicales y un enorme volcán.

Recuerda que puedes ver todas nuestras fotos de Molokai en nuestra página de Flickr y todo nuestro viaje de Hawái en este enlace.

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2 comentarios:

  1. Buuuuena niños, que bien va el viaje solo buenas historias, se ve que Hawai los atrapo bastante, esta lindas las entradas!! Un abrazo y cuidense!!

    Pancho

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    1. ¡Pancho os echamos de menos! Tenéis que ir Hawai de camino a Canadá cuando vengáis a visitarnos. ¡Es increíble! Tiene montaña, playa, buena comida y gente maravillosa. Es cara pero si Valentina deja sus 10 pares de zapato en Nueva Zelanda y os compráis una tienda de campaña lo disfrutaréis muchísimo :)

      Un abrazo enorme y esperemos que estéis muy felices!

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