miércoles, 18 de mayo de 2016

Durmiendo sobre un volcán activo

Casi sin habernos dado cuenta estábamos llegando al ecuador de nuestro viaje a Hawái y aún teníamos la sensación de que nos faltaba muchísimo por descubrir. Después de dejar Maui habiendo caminado entre bambúes nos dirigíamos a la isla de Hawái, la mayor de todo el archipiélago. Sólo con una idea en mente: que aquel volcán no entrara en erupción.

DÍA 22 DE ABRIL: HAWÁI


Pasamos la noche casi en vela en el aeropuerto, pero pese a eso aterrizamos en el aeropuerto de Hilo con la idea de salir pitando de allí para tratar de cumplir con la ruta que para ese día teníamos trazada. El problema es que cuando pasas la noche casi sin dormir y para buscar wifi te vas a un McDonald’s, pues acabas comiendo, teniendo sobremesa y se te alarga todo un poco más. Incluso así seguíamos teniendo tiempo para hacer la mayor parte del recorrido que teníamos planeado.

La idea inicial era conducir hasta el extremo más meridional de la isla de Hawái, conocida aquí como la Big Island (la Gran Isla) y que da nombre al resto del archipiélago y del Estado. Allí se encuentra una curiosa isla de arena verde, pero una vez analizamos el recorrido (hay que hacer una ruta caminando de dos horas ida y vuelta, más el trayecto de dos horas en coche desde Hilo) e imágenes de la playa en cuestión, decidimos parar antes y recortar las horas de carretera. Así pues nuestra primera parada era un punto en el que mezclábamos una playa de arena negra y la posibilidad de ver tortugas marinas. Desde que la carretera abandona Hilo se va notando el paulatino descenso de la vegetación en favor de un paisaje desértico. No en vano estábamos poco a poco internándonos en el Parque Nacional de los Volcanes y ascendiendo en altitud, por lo que una vez más y como nos pasó el día anterior en Maui conocíamos las dos caras de Hawái. Paramos en la playa de Punaluu, la playa de arena negra, y al llegar nos dimos cuenta de que efectivamente ese era un punto obligado para los turistas. El aparcamiento estaba lleno de coches y en la playa, de apenas unos 200 metros de longitud, la gente se dispersaba, unos tomando el sol, otros sentados en la arena y la mayor parte de ellos se arremolinaban en torno a algo que no terminábamos de distinguir. 

Alejandro mirando con los prismáticos al sitio equivocado.
 Una vez que te acercas puedes observar a un pequeño grupo de tortugas marinas tumbadas en la arena, con tal pachorra que daba incluso reparo mirarlas. Pero ahí estaban ellas, tratando a veces de moverse, avanzando un par de aletazos sobre la arena negra y mirando de soslayo a los que las observábamos. Lo único malo es que aquello no resultaba excesivamente natural. Si bien es cierto que ellas viven allí, faltaba esa sensación de naturaleza salvaje que tienes cuando ves a un animal “extraño” por primera vez. Pese a todo disfrutamos con mucho gusto aquellos minutos y también de la playa, tal vez no tan espectacular como la que habíamos visitado en nuestro primer día en Maui.

Las tortugas marinas tan tranquilas tomando el sol.
Teníamos que seguir en camino hasta llegar al Parque Nacional de los Volcanes. La prisa nos llegaba porque sería allí donde pasaríamos la noche, en un camping gratuito donde tienes que ser de los primeros en plantar la tienda si quieres tener sitio. La entrada al Parque, como nos pasó en Maui, era gratuita gracias a las celebraciones del centenario de los Parques Nacionales, así que tras alguna parada nos dirigimos rápidamente al camping, montamos nuestra tienda y ahora sí, tras coger algo de abrigo, nos fuimos a visitar las calderas y cráteres repartidos por el Parque.

Uno de los varios miradores a la caldera de Kilauea.
El Parque Nacional consta de varias zonas de visita. La principal es la que rodea a la Caldera de Kilauea y a partir de ahí se pueden visitar otros pequeños cráteres. El mayor espectáculo, que contaremos más adelante, se produce al anochecer, así que aún teníamos algunas horas por delante para disfrutar de los encantos del parque: el cráter de Lua Mau, el de Puhimau o el Tubo de Lava, una pequeña ruta que te adentra en un túnel formado en el interior de la lava. Tras esto y después de parar en los miradores de la caldera, nos fuimos rumbo al Centro de Visitantes para asistir al anochecer sobre el cráter de Halemaumau.



Más vistas sobre la caldera y abajo el Tubo de Lava.
La isla de Hawái consta de dos grandes volcanes, el Mauna Kea y el Mauna Loa, sobre el que estábamos en ese momento. Estos volcanes, a diferencia del Haleakala de Maui, por ejemplo, están activos. Tanto que hace tan sólo 30 años entró en erupción por última vez, cambiando la solidificación de la lava el paisaje de esa zona de la isla. Todo esa información se puede encontrar en el Centro de Visitantes, junto a toda la mitología nativa hawaiana que rodea a la isla y muchas más cosas: medidores de seísmos y actividades volcánicas, fotografías, vida natural, etc. Pero nosotros estábamos allí para asistir al anochecer sobre la caldera, que no sólo supone asistir a la belleza propia de este momento del día, sino que el principal reclamo viene porque se puede apreciar la lava en el interior del cráter a medida que la luz del sol va cayendo. Allí en el mirador nos agolpamos todos, unos con la mera intención de mirar, otros con profesionales equipos de fotografía, unos más abrigados, otros muertos de frío. Todos observando hacia el interior del cráter, viéndolo poco a poco tornarse color lava. La escena es espectacular e increíble. Y allí estábamos todos, cientos de locos mirando desde la distancia hacia un cráter que en cualquier momento podía ponerse a escupir lava.


Arriba, los turistas colocados para asistir al anochecer sobre el cráter (abajo).
Lo más gracioso es que nosotros, en caso de que el volcán decidiera entrar en erupción unas horas más tarde mientras los demás disfrutaban de una cena y una cama en sus hoteles, teníamos pases en primera fila para surfear sobre la lava. Íbamos a pasar aquella noche apenas a un par de kilómetros de aquel agujero de piedras y fuego líquido. Y aunque lógicamente sabíamos que el riesgo es mínimo (y si lo hay, seríamos los primeros en saberlo) no dejábamos de disfrutar la sensación de pasar la noche sobre un volcán activo. Aún nos faltaría un día más en la isla de Hawái, donde el fuego cedería el protagonismo al agua, que de distintas maneras no dejaría de caer en todo el día.

Recuerda que puedes ver todas nuestras fotos de la isla de Hawái en nuestra página de Flickr y todo nuestro viaje de Hawái en este enlace.


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