miércoles, 11 de mayo de 2016

Un bosque de bambúes y un mar de nubes

Nuestro primer día en Maui nos había llevado por la carretera a Hana, parando en playas de arena negra, acantilados, bosques tropicales y durmiendo gratis en un Parque Nacional. Para la segunda etapa dejábamos una caminata que nos dejaría la boca abierta de puro asombro, terminaríamos de rodear la zona oeste de la isla y subiríamos a la cima del volcán Haleakala. Y como colofón, una noche en el aeropuerto.

DÍA 21 DE ABRIL: MAUI


Los Parques Nacionales de EEUU, como institución, cumplen en 2016 cien años y la semana del 18 al 24 de abril lo celebraban permitiendo la entrada gratuita. El Parque Nacional de Haleakala tiene una característica muy concreta: se creó para proteger el área circundante al volcán, pero se amplió posteriormente para incluir la zona de Kipahulu, en la costa, donde habíamos pasado la noche. Desde allí teníamos planeada la ruta de Pipiway (sí, el nombre es curioso) para ver la cascada de Waimoku.

La ruta comienza en el propio aparcamiento del parque y tras unos primeros 20 minutos poco prometedores comienzan a mejorar al llegar a la primera parada: la cascada de Makahiku. Desde ahí la cosa empieza a ponerse más interesante hasta que llegas a un puente que cruza el río y pasas de un bosque semitropical a un auténtico bosque de bambú de decenas de metros de altura. El color verde intenso de esta planta te va a envolver y tu vista sólo alcanzará a ver cientos de troncos, algunos caídos, otros en el suelo, pero la mayoría de un grosor cual que vuestra mano no podrá terminar de rodearlo. El bosque de bambú se extiende por casi una milla, hasta poco antes del final de la ruta.


Ana paseando entre bambúes y Alejandro demostrando que el bambú es enorme (o su mano muy pequeña).
La caminata (de unos 6 kilómetros ida y vuelta, unas 2 horas y media) acaba a los pies de la catarata de Waimoku, varias decenas de metros de caída de agua. Por seguridad no te dejan acercarte mucho a la caída de agua. Nosotros habíamos comenzado la ruta bastante temprano (en la ida sólo nos cruzamos con dos parejas que ya volvían), así que pudimos disfrutar de todos estos rincones en bastante soledad. Aunque hay algunos turistas que subían con chanclas y el camino está bastante bien acondicionado, especialmente en el bosque de bambúes, lo más recomendable como siempre es llevar calzado adecuado.

La cascada de Waimoku, al final de la ruta Pipiwai.
Volvimos al aparcamiento con la sensación de que, pese a ser antes de las 10 de la mañana, aquel día ya había compensado. Ahora nos tocaba la parte más complicada de la carretera que bordea la zona oeste de la isla. Desde el pueblo de Kaupo una carretera te lleva por la costa para posteriormente girar hacia el interior y de ahí la subida a la cima del volcán. Parte de esta carretera está sin asfaltar y es bastante estrecha, así que la conducción no será tan plácida como la ruta de Kapuhili a Hana, pero sí que habrá mucho menos tráfico. Antes de adentrarnos en la zona sin asfaltar hicimos un alto para tomar, en uno de los puestos que salpican la carretera casi a cada kilómetro, un café y una papaya fresca.

La carretera que lleva al volcán desde la costa sur de la isla te hace olvidar por un momento que estás en Hawái. Si pasas de la infinita vegetación de la zona norte hacia el oeste y te adentras aquí te llevarás la sorpresa de descubrir que en Hawái también hay desierto. El paisaje se vuelve árido y sin vegetación, sopla el viento y desaparecen los turistas. La carretera pasa por algunos cañones y deja vistas de los depósitos de lava que han dado lugar a pequeños cabos o penínsulas. Más adelante incluso se puede ver la pequeñas isla de Molokini (famosa por su snorkel) y la algo mayor isla de Kahoolawa, esta última no accesible para turistas. También se puede ver la zona más turística de la isla, los hoteles y resorts de la costa central-sur, a la que no se puede acceder desde esta carretera.


La carretera que bordea la costa sur y algunos de los paisajes que recorre.
Dejábamos la costa y nos íbamos directos al centro de la zona oeste de Maui. Desde ahí comienza el ascenso al volcán de Haleakala que te llevará directo a la cima. Si has leído la entrada de nuestro primer día en Maui recordarás que pagamos un extra para tener un coche más potente que pudiera subir a la cima del volcán, ya que según nos dijeron en la compañía de alquiler el que teníamos reservado (un Nissan Micra) no podría subir. Ni caso. La carretera es fácil y no es demasiado empinada. Pero picamos. Aunque se agradeció en la zona sin asfaltar en la costa sur. Aun así seguimos disfrutando del ascenso, sobre todo a medida que subíamos y notábamos que dejábamos las nubes atrás y a nuestros pies iba quedando un mar blanco.

La carretera que sube a la cima, con el cráter al fondo y las nubes envolviendo los picos.
En la cima del volcán, además de un observatorio de astronomía no visitable, hay varios miradores no sólo de la isla sino también del cráter del volcán (que técnicamente no lo es). Disfrutamos de las vistas sintiéndonos por encima de las nubes y maravillándonos ante el paisaje casi marciano del Haleakala, de su curiosa vegetación autóctona y charlamos con un matrimonio californiano que nos preguntaron sobre nuestros viajes (nos encanta eso de decir que hemos pasado un año en Nueva Zelanda, para qué mentir). Existen rutas de senderismo, algunas de varios días, para disfrutar de todo el parque, y hasta aquí suben cientos de turistas cada mañana para ver el amanecer desde el volcán (para eso da igual si está el día nublado o no), pero a nosotros nos tocaba irnos y reservar para acampar aquella noche.


Las famosas (y amenazadas) Silversword y las vistas desde la cima del Kalehala, con el cráter.
Nuestra idea inicial era acampar en el Kanaha Beach Park, muy cerca del aeropuerto, tanto que podríamos ir andando y dejar el coche un día antes. Por suerte en Thrifty nos dijeron que era lo mismo dejarlo aquella noche (como habíamos previsto) que a la mañana siguiente, siempre que fuera antes de las 48 horas. Una vez supimos eso nos quitamos un peso de encima (literalmente, andar desde la zona de acampada con las mochilas tenía su aquel), pero al llegar al camping la sensación que tuvimos nos tiró para atrás. Había casetas montadas por gente que parecía que llevaba allí viviendo varias semanas o meses (con sofá y televisión), muchos coches abandonados y, en general, mala sensación. Al menos para nosotros. No nos sentimos seguros y exploramos otras opciones.

Una noche de hotel en Maui, reservado a última hora, no va a bajar de 200 dólares, así que quedaba descartado. La otra opción era probar en otro de los campings del Condado de Maui, pero estaban lejos y nos arriesgábamos a que estuvieran igual que el de Kanaha. El único camping privado costaba unos 40 dólares por noche, estaba lejos y ni siquiera tenía agua caliente. ¿Solución? Aeropuerto de Maui. Preguntamos a la seguridad si podíamos quedarnos y tras una llamada a los jefes nos dijeron que sí, pero sólo en la zona de recogida de maletas. Y allí nos fuimos. Los guardias de seguridad (y el ver que otra familia más “acampaba” allí) tranquilizaron a Ana (el aeropuerto está abierto al aire libre) y pasamos la noche esperando a coger nuestro avión rumbo a la isla de Hawái a ver tortugas y a dormir sobre un volcán activo.

Recuerda que puedes ver todas nuestras fotos de Maui en nuestra página de Flickr y todo nuestro viaje de Hawái en este enlace.

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2 comentarios:

  1. Hola Mochileros! Me ha encantado sus Post de Hawaii y ando Armando mi ruta gracias a uds. Mi pregunta es: pueden dormir en los vehículos que una alquila? Y qué tipo de vehículo recomiendan?

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    1. Hola Rosario, ¡que bueno que vaya a Hawai! Volveríamos una y otra vez. Nosotros dormíamos en una tienda de campaña pero alguna noche que llovió mucho o nos daba pereza montarla por ser tarde pasamos la noche en el coche, como sardinas en lata. Alquilamos los coches más básicos y compactos (los más baratos) pero somos pequeños así que un poco encogidos pudimos descansar. Lo mejor es que lleves una tienda de campaña.

      ¡Disfruta mucho!

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